domingo, 28 de abril de 2013

En la casa de mi suegra sale un duende

Empezaron a sospechar a partir del momento en que hallaron excremento de duende en el patio. Pero no hubo certeza hasta que mi suegra, Rubiola, lo vio una noche, precisamente en el patio, cuando ella caminaba hacía el baño. Lo describió, luego de que su lengua recuperara la compostura, como un pequeño y horrible ser, de color obsceno, con sombrero, zapatillas y ojos que despedían rencor. Desde allí una fiebre de muerte la aquejó por espacio de una semana, y si no perdió la vida fue solo porque se santiguó al instante de que el duende la miró. 
Entonces el pánico se apoderó de los habitantes de la vivienda, y todos corrieron a surtir sus cuartos con vasenillas, a acostarse temprano, a deambular de dos en dos, a hablar quedo y a proponer que se sellara la puerta que daba al otro mundo. Pero fue demasiado tarde, ya las chicas en edad de merecer empezaron a manifestar que sentían que las manoseaban por la medianoche. Mi suegrastro, consciente de que las primeras sospechas de los furtivos manoseos nocturnos a féminas siempre recaen sobre los familiares políticos, trajo del mercado, cual rayo, cuatro tréboles de cuatro hojas, repelente natural de duendes, y los ubicó en los puntos cardinales de la casa. Y hubo tranquilidad por espacio de una semana, al final de la cual el grito desgarrador de la inquilina, una chica veinteañera, soltera, que ocupaba en arriendo el cuarto delantero, los retornó a la realidad. La hallaron atada a la cama con sábanas, con el torso desnudo y colmado de rasguños, y el contenido de su escaparate volcado contra el suelo; un inventario a la mañana siguiente arrojó que el pequeño espectro hurtó unas monedas y un sobre que contenía medicinas. De allí en adelante no existió noche en la que no se repitieran los ataques en contra de la inquilina, a pesar de la cadena de oración que lideró un pastor evangélico vecino y que trajo a Dios a la habitación, por lo que concluyeron que el duende debió hacerse a un trébol de cinco hojas, lo único físico que anula el poder antiduendista del trébol de cuatro hojas, y también contar con un permiso especial del Todopoderoso. Entonces, habiendo transcurrido sesenta días, Rubiola consideró necesario hablar a solas con la chica. De familia pueblerina, mi suegra estaba al tanto de que los duendes son manifestaciones físico-fantasmales rebeldes y vengativas de los no nacidos, que están condenados a vagar por la eternidad por el hecho de fenecer sin ser bautizados, y que aparecen con frecuencia en sitios donde han ocurrido abortos. A pesar de que la chica en un principio lo negó rotundamente, un incontenible mar de lágrimas, la vista caída y una faz rojiza lo confirmó. Varios novios que abultaron su barriga se negaron a responder y ella no era tan tonta como para arruinar su vida a tan temprana edad. Una maleta y un adiós dio por concluido el asunto del duende en la casa de mi suegra, o eso juzgaron.

Un infante de cinco años, sobrino de mi esposa, acompañaba una posterior noche en el patio a su prima de quince años a recoger la ropa que habían lavado por la mañana, y expresó, de improviso: “¡Mira, mira ese niño con cara de demonio montado en el palo de mango, me está llamando!”. La aludida no se tomó la molestia ni siquiera de voltear a mirar, y pegó una endemoniada carrera que sólo finalizó debajo de las sábanas de su cama.

Dormía con mi esposa un sábado en la noche en casa de mi suegra, habíamos departido en una fiesta cercana y dejamos el regreso a nuestro hogar para el día siguiente. De pronto desperté, ignoro la hora y el tiempo transcurrido desde que había cerrado los ojos, y reparé que la puerta del cuarto se encontraba abierta, no lo entendí pues yo mismo pasé el cerrojo luego de entrar, pero la supresa fue mayor cuando a través de ella observé que sobre el equipo de sonido, ubicado en la sala, estaba sentado, cruzado de piernas y fumando, un pequeño ser que no cesaba de mirarme con burla. Era tal cual lo caricaturizan: verde, con sombrero de copas y zapatillas de payaso. Mi reacción fue simple, tal vez por la conciencia etílica que aún me embargaba: me levanté, cerré de un portazo y continué durmiendo. Al día siguiente que referí la historia creció el temor entre los moradores.

La hermana de mi suegra, un mes más tarde, se levantó en la medianoche con sed, y cuando llegó a la nevera ubicada en la cocina notó aterrorizada que el pequeño ente sujetaba la puerta del electrodoméstico. Su chillido espeluznante antes de desmayarse y ulterior reclusión en un hospital siquiátrico por espacio de una semana, anunció que ya era hora de poner fin a la situación. Y se discutió en una reunión dominguera. Rubiola, mi suegra, era partidaria de realizar una ceremonia de bautizo rociando agua bendita por todos los rincones de la casa, y suministrarle un nombre al duende, pues continuaba insistiendo que ese era el alma de un feto, que por haber abandonado el mundo sin haber llegado, estaba condenado a vagar por los siglos de los siglos en el plano de los no bautizados. Su hermana propuso repetir la cadena de oración indefinidamente, o en su defecto crear una iglesia cristiana en el inmueble. Mi suegrastro inculcó la idea de vender de inmediato la casa; en cambio, sugerí que mejor lo atrapáramos y le propináramos un escarmiento por hacernos la vida imposible y pretender quedarse con la casa. De antemano estaba documentado que el poder de los duendes radica en su sombrero, este les permite aparecer y desaparecer; solo era necesario colocarle una trampa y quitárselo. La idea fue aprobada por la mayoría, pero el único que se ofreció a ponerle el cascabel al gato fui yo. Para tal fin, me dirigí al mercado público de Barraquilla, pues es de dominio general que en el sector existen locales atendidos por indios putumayos, y estos, por tradición, son expertos en temas paranormales. Luego de varias pesquisas fui enviado con el viejo Adalgio, supuestamente el duendólogo más capacitado del país. Adalgio posee un puesto en el cual expende plantas medicinales y esotéricas y atiende consultas, ubicado en el punto más recóndito del sector. Es un tipo de algunos sesenta años, gordo y de espesa cabellera, y cuya característica a destacar es la larga barba que le llega hasta el ombligo (lo encontré descamisado) y esta barba es tan crespa que se podía creer que más bien son los vellos del ombligo que le llegan hasta la barba. El viejo Adalgio exigió antes de atenderme que comprara varias cervezas; sus ojos vidriosos y sus ademanes lentos demostraban que no pocos litros de estas bebidas ya reposaban en su estómago. Ordené el licor y apenas Adalgio engulló los primeros sorbos, fue todo oídos. En efecto, tenía lo que yo necesitaba, la trampa para duendes. Es parecida a una trampa para ratones, pero según Adalgio, lleva una oración especial que atrae a los duendes. Hay que colocarle una galleta untada de crema de leche, el alimento favorito de los gnomos, y luego solo hay que esperar. Cuando el duende toma la galleta la trampa se acciona y su dedo es aprisionado, a raíz del impacto su sombrero cae, dejándolo vulnerable. Entonces cualquiera lo puede forzar a realizar un trato, en nuestro caso sería que a cambio de perdonar su vida se marche hacia la montaña más desierta del planeta y no salga jamás. Cuando acepta se le regresa el sombrero sin ningún tipo de prevención, pues los duendes en cuestión de tratos son unos caballeros.

Coloqué la trampa en la habitación delantera y dormí allí, solo. Fui el único que aceptó hacerlo. En la madrugada un cacareo espantoso me despertó, miré instintivamente hacia la trampa y vi atrapada de la pata a una gallina negra, quedé impresionado, es que en la casa de mi suegra no hay gallinas negras, es que ni siquiera gallinas, ni pollos, nada. El resto de habitantes corrieron a la habitación e igual se sorprendieron. La gallina se movía inquieta a raíz del dolor y del susto, era fea, con muchos granos alrededor del pico. Rubiola sonrió y propuso que le retorciéramos el pescuezo e hiciéramos un guiso con ella, los presentes respondieron en coro que no comerían un animal de dudosa procedencia, entonces indiqué que igual le retorciéramos el pescuezo y la diéramos de alimentos a los perros de la casa, y todos asintieron, entonces procedí a liberar su pata, pero la gallina al sentirse libre nos pintó la cara, antes de que pudiéramos reaccionar escapó volando. Luego de media hora de cavilaciones, cada cual regresó a su cama. Fui despertado a las seis de la mañana por un grito, era la voz de mi mujer que acababa de entrar a la habitación. Asustada indicó que descubrió al duende parado al lado de la cama y hurgando en mi cartera de bolsillo, que al verla ingresar, desapareció y la cartera cayó al suelo. Me levanté como impulsado por un resorte, movido por un presentimiento; y, en efecto, lo confirmé: un cheque de gerencia con un monto considerable que destinaba para comprar a mitad de precio un lote de repuestos para motos a un comerciante japonés, faltaba. Casi enloquezco, sentí unas inmensas ganas de matar al duende, ese cheque era todo mi capital; había quedado arruinado. Un sentimiento de odio me embargó. Regresé con el viejo Adalgio, y al escuchar mi queja se tomó de la cabeza, reconoció que se había equivocado, que en lugar de una trampa para duendes me vendió una trampa para brujas. No di crédito, por lo visto la casa de mi suegra estaba infectada de fantasmas. Adalgio explicó que las brujas solo entran a las casas cuando se enamoran de uno de los vivientes y este nos le presta atención a su forma humana, pero que no había problema, cuando son descubiertas no regresan más. Buscó entre sus cachivaches y retornó con lo que identificó como la verdadera trampa para duendes, casi me desnuco moviendo la cabeza de lado a lado, ya no estaba interesado en atraparlo, me había dejado en la quiebra y jamás se lo perdonaría, ahora deseaba su cabeza. Adalgio sonrió y luego agregó que también contaba con la forma perfecta: veneno para duendes, pero que a pesar de que en ninguna parte del mundo estaba penalizado matar duendes, debía actuar de prisa una vez éste falleciera, porque si alguien lo descubría podría meterme en problemas, pues ellos luego de muertos recuperan su forma humana, y a las autoridades les parecería poco creíble mi versión de que se trataba de un duende.

El veneno para duendes fue otro de los que se sumó a la lista de fracasos, a pesar de que seguimos al pie de la letra las instrucciones del viejo Adalgio, sobre todo de no hablar sobre el tema en la casa para que el duende no lo escuchara, y hacer la mezcla del veneno con galletas untadas de crema de leche en una casa vecina, el duende no mordió el anzuelo, por el contrario, causamos su enojo, en respuesta abrió los grifos del agua y el predio amaneció inundado, y partió algunos platos de vidrios en la cocina. Varios habitantes de la casa huyeron despavoridos, incapaces de soportar un minuto más.

Entonces mi suegra expresó que había llegado la hora de poner en práctica su plan, a lo que ninguno objetó. Consiguió agua bendita y la roció en el suelo la mañana de un domingo, pues según ella a los duendes les agrada los bautizos los domingos para sentirse humanos, y le dio por nombre Duenaldo. Compramos pudin y globos e hicimos una fiesta a la que invitamos a los vecinos; eso sí, ocultándoles el verdadero motivo de la celebración. La fiesta resultó increíble, nos acostamos a las cuatro de la mañana, la sala quedó convertida en un desastre, sillas tiradas por allá, sillas tiradas por acá, manchas de cerveza y de comida en el suelo y en los muebles, botellas regadas y algunas partidas; en fin, todo el desorden que queda comúnmente luego de gran festejo. Pero a la mañana siguiente, al levantarnos, quedamos de una pieza, la casa amaneció arreglada. Por lo visto, Duenaldo, como muestra de agradecimiento, se encargó. A partir de allí no ha habido más problemas con él. Aunque la mayoría aún le teme y continúan yendo al baño y a todos los rincones de la casa de dos en dos y evitan abrir los ojos y las orejas en horas oscuras, Rubiola sueña con verlo. Le sirve comida todas las noches, se la deja en el mesón de la cocina, para tal efecto compró platos verdes, el color favorito de los duendes, que marcó con el nombre de él. Tambien le deja un jarrón con agua, porque por alguna extraña razón los duendes parecen unos camellos tomando agua. Los utensilios siempre amanecen vacios. A cambio, Duenaldo hace el aseo por las noches, es muy práctico y eficiente, nadie lo siente, eso ha convertido a las mujeres de la casa en flojas, las muy avispadas dejan los chismes de la cocina sucios para que Duenaldo se encargue. Mi suegra le tomó cariño a Duenaldo, y hasta le compró otras camisas y pantaloncitos, todo talla cuatro. Una noche se las dejó al lado de sus platos y esta desapareció, en cambio Duenaldo dejó la de él, y mi suegra sonrió, estaba muy sucia y expresó, “¡demonios, huele a demonios!”, pero antes de echarla a la lavadora, siguió los cánones tradicionales, revisó sus bolsillos y lo que descubrió la dejó anonadada y llorando por varios días. Una manilla con el nombre de ella y una fecha específica; entonces recordó que cuando joven su esposo de entonces, el papa de mi esposa, la golpeó borracho, eso le produjo una intensa hemorragia y la decisión de romper el matrimonio. Fue hospitalizada por dos meses, aunque llegó a sospechar que estaba embarazada, en el hospital no se lo confirmaron. En aquel entonces a los pacientes de ese centro asistencial les colocaban manillas con sus nombres y la fecha de ingreso. En los bolsillos también encontró un trébol de cinco hojas, una bolsa con medicamentos, que al examinarla contactó que se trataban de pastillas para inducir al aborto, era la bolsa que la inquilina había perdido y que adujo en su momento que eran para el dolor de cabeza. Y por último, también mi cheque. Cuando lo recibí corrí jubiloso hasta donde se hospedaba el japonés, con la intención de realizar el negocio, pero allí me indicaron que éste había caído preso junto a un incauto que le compró unos repuestos para motos denunciados como robados. Resulta que el tipo era un estafador chino al que desde años atrás le hacían seguimiento las autoridades colombianas. 
Una semana más tarde, cuando Duenaldo se cambió nuevamente, Rubiola halló en los bolsillos de su ropa sucia una extensa lista, que sin necesidad de forzar el hemisferio izquierdo del cerebro concluyó que se trataba de otros duendes que urgían de bautizos, eran millones alrededor del mundo.

viernes, 29 de marzo de 2013

Retazos II

Tengo un amigo que pertenece al club de los tipos que no se pueden tomar una cerveza porque de inmediato transforman su comportamiento de diversas formas, a mi amigo se le da por enamorar a las mujeres con piropos vulgares, obscenos. En varias oportunidades en que estábamos juntos lo recriminé aduciendo que lo que hacía era sucio, pero por un oído le entró y por el otro le salió sin hacer la mínima escala en su cerebro. Hasta le advertí que tarde o temprano terminaría metiéndose en problemas, y que aunque esto último nunca ocurriera, igual a una mujer solo se le enamora con palabras bonitas. En vista de que el tipo no modificó su comportamiento preferí dejar de tomar con él, por ningún motivo deseaba estar a su lado cuando lo levantaran a garrote. Él después se mudó del barrio y le perdí la pista, pero años más adelante, cierto sábado en la tarde me lo encontré por casualidad cerca a la Terminal Marítima. Estaba sentado en un estadero y apenas me vio me llamó e hizo señas para que me acercara a tomar una cerveza. Hacia tanto calor que olvidé las prevenciones y acepté. Él ya estaba bastante tragueado, así que concluí que mejor me tomaría un par de cervezas y luego me marcharía. Conversamos de los viejos tiempos, de los nuevos, de su actual residencia, etc. Él salió para el baño en el preciso momento en que una hermosa muchacha, de algunos diecisiete años, asomó su rostro dentro del estadero, ella buscó con la mirada un par de segundos y luego partió, mi amigo regresaba del baño y la descubrió cuando se alejaba, de inmediato aceleró los pasos y salió del negoció tras ella; yo, sospechando sus intenciones, traté de detenerlo, pero fue imposible, actuaba como hipnotizado. De igual forma me levanté y lo seguí. Mi amigo dio alcance a la muchacha y enseguida empezó a decirle una cantidad de vulgaridades que sonrojarían hasta al más vulgar de los vulgares. Ella se dio media vuelta, muy enojada, y le dijo: “Mire maldito…”, pero entonces quedó muda y solo expresó: ¡¡¡Papá!!! Era la hija que lo buscaba con afán, pues todos los sábados él se quedaba en el sector tomando y no regresaba a casa sino hasta el día siguiente, sin un peso en los bolsillos.

Hace muchos años, —en ese entonces era muy tímido—, conocí a una hermosa muchacha y quedé prendado de inmediato. Durante un par de semanas me dediqué a conquistarla hasta que aceptó a salir conmigo. Primero la llevé a comer helados, segundo, a comer pizzas, después, a tomar gaseosas. Y luego le pregunté que si deseaba repetir helados, pero ella se cruzó de brazos, con cara de fastidio, y me recriminó: “Ajá ¿Y entonces cuándo es que me piensas invitar a un hotel?”.

En otra oportunidad, —mi timidez ya había pasado a la historia—, me llevé de viaje de negocios a mi novia y la pasamos estupendo, cuando regresé a la ciudad y la dejé en su casa, me encontré casualmente con una chica con la que salía de vez en cuando, y de glotón la invité de inmediato a un hotel. Partimos y en la camino me dijo que le regalara un vestido, yo le respondí que lo que llevaba en el bolsillo solo me alcanzaba, o para el hotel o para el vestido, que escogiera, ella lo pensó un par de segundos y se decidió por el hotel. No fue mi mejor día, la semana de viaje con mi novia me pasó factura, así que no fui el toro acostumbrado. Cuando salía del hotel con mi amiga, ésta expresó dolida: “Ay, debí haber escogido el vestido”.

Somos tan raros que no tomamos gaseosas sin pitillo, pero en cambio, olvidamos tal prevención cuando de ingerir cervezas se trata, sin detenernos a analizar que esta última bebida se vende más que la anterior, y por lo tanto el pico de su botella pasa por muchas más bocas, vaya a saberse cuántas de esas bocas son sanas y cuantas no.

Los huevos, los de gallina, ya no son tan grandes como antes, cada día salen más pequeños, ahora para quedar satisfechos debemos comernos mínimo dos, e incluso tres; a este paso estas aves terminaran poniendo bolitas de uñitas.

Desde el inicio de este año empecé a soñar todos los días con mi padre fallecido. Eran sueños normales, que él aún estaba en la casa. En los sueños ni siquiera yo era consciente de que él ya no estaba en el mundo de los vivos. Esos sueños se hicieron tan repetitivos que concluí que él me estaba pidiendo algo, no es que no me agradaban esos sueños, por el contrario, es una buena forma de tenerlo de vuelta aunque ello implique despertar melancólico, pero si se trataban de mensajes yo debía tomar pronto cartas en el asunto, así que fui a una iglesia católica y le ordené una misa especial. Parece increíble, pero después que se realizó la misa en su nombre no he vuelto a soñar con él. Paz en su tumba.

lunes, 11 de marzo de 2013

Entrevista en el Rincón Literario con Freddy Piedrahita





El próximo 28 de marzo seré entrevistado via Shype en el Rincón Literario, por Freddy Piedrahita, será una charla informal, amenas, y hasta digamos, chistosa, los espero, hora de Colombia 3 p.m. España 9 p.m.
 Esta charla hace parte de varias pactadas con este profesional por parte de nosotros,  los autores Kindle/Indie, escritores que publicamos en Amazon, del que hablé en el post anterior.


Ver mi vídeo de invitación

Ver primera entrevista, con Blanca Miosi 

Si eres escritor y deseas publicar en Amazon, no dudes en comunicarte con nosotros, te indicaremos los pasos a seguir.

domingo, 24 de febrero de 2013

El libro digital



1500 LIBROS EN UNA MANO Y LOS AUTORES KINDLE/INDIE UNIDOS

Desde hace dos años los escritores y lectores tienen una nueva manera de disfrutar de los libros. Los primeros porque encontraron la manera directa y sencilla de publicar y lo segundos porque por unos pocos pesos, pueden tener acceso a buenos libros tanto de escritores noveles como de los conocidos y clásicos, en algunos casos, gratuitos.

¿Y cómo es posible esto?

A continuación mi compañera y amiga, la exitosa escritora peruana Blanca Miosi, nos dará detalles...

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Gracias a la genial idea del fundador de Amazon: Mr. Jeff Bezos, quien permitió que miles de autores publicasen sus obras por un medio masivo y al alcance de todos, sin tener que esperar a que una editorial diese el visto bueno o les hiciera esperar años para dar una respuesta en muchos casos negativa, por muchas razones, pero la principal: «porque su novela no está dentro de su línea editorial».

Hoy en día son cientos de miles de escritores llamados «Indies» (por independientes), que son leídos por millones de personas en todo el mundo. Pero eso no es lo único que está dejando esta tecnología. Existe un grupo de talentosos escritores conformado por autores de diferentes países que gracias a Internet y sus redes sociales como Facebook y Twitter se han unido para promocionar sus libros y ayudarse mutuamente, son conocidos como los Kindle/Indies, utilizan Twitter y retuitean desde España, Venezuela, Estados Unidos, Colombia, Perú, Australia, Costa Rica, Guatemala, Argentina, Uruguay… mensajes con los títulos de sus obras y alguna frase creativa que incite a la compra. Están organizados de tal manera que actualmente tienen una página que los promociona diariamente: «Demonios de Formentera» y una revista que los publica semanalmente: «In-Mediatika», también un programa de radio en San Francisco, EEUU: «El rincón literario» que se puede escuchar a través de la red los días martes y jueves, en el que son entrevistados por Freddy Piedrahita.

¿Qué es un libro digital y cómo se lee?

Un libro digital es el que existe en una nube. En la red, y por medio de un lector electrónico se puede tener acceso a él o a través de la pantalla de una computadora, en un formato tipo libro. 
Un lector electrónico, o como se le conoce popularmente, un e-Book, es un dispositivo que es parecido a un teléfono celular pero del tamaño de un libro de bolsillo, mucho más delgado, de muy poco peso, con acceso a Internet que permite descargar los libros y leerlos en su pantalla. Amazon tiene sus propios modelos, como el famoso Kindle, pero también existen de otras marcas, como Nokia, Tagus, IPad, Kobo, cada una con diferentes aplicaciones y ventajas pero básicamente en todas se puede leer un libro con la facilidad que da el poder agrandar las letras para quienes no tienen muy buena vista, o tener una luz muy parecida a la luz natural sobre una pantalla anti-reflectiva.

Pero lo mejor de los libros electrónicos es su precio. Se pueden conseguir libros desde US$ 0,99, y libros muy buenos. Hoy en día la tecnología nos pone al alcance todas las facilidades, un e-Book Kindle, por ejemplo, puede costar desde US$ 69,oo el más sencillo, cuyo precio se amortiza con la adquisición de libros económicos, que no ocupan espacio en los estantes y se pueden llevar consigo a cualquier parte sin cargar peso. Cada e-Book puede albergar más de 1.500 libros. Yo lo uso cuando estoy en una sala de espera, en el metro, en los ratos libres y también en las noches, antes de dormir.

El futuro es ahora, y esta modalidad de lectura se está expandiendo exponencialmente, pronto serán tan comunes como los teléfonos celulares.

Les deseo buena lectura, y a los árboles: ¡larga vida! Ya no serán necesarios para obtener el preciado papel cada vez más escaso.

Blanca Miosi.

sábado, 2 de febrero de 2013

Retazos


Anécdotas de los que partieron el pastel antes de la fiesta.

Un buen amigo hizo como Nicolás, al día siguiente empacó maletas y partió presuroso a la Terminal de Trasporte con la intención de huir hacia Venezuela, pero alguien avisó a tiempo a la novia y ésta, ni corta ni perezosa, puso al tanto a su padre, quien ciego de la ira la hizo recoger la ropa y marcharon veloz también hacia la Terminal, donde atraparon al muchacho dentro de un bus que ya arrancaba, el pobre prófugo casi se desmaya cuando a través de la ventanilla los vio venir. Actualmente esta pareja vive en Venezuela y es muy feliz.

Mi compadre estaba contento porque su novia adorada por fin había accedido a servir el plato, pero la dicha le duró poco, a la salida del hotel encontró al suegro esperándolo cruzado de brazos, asiendo un desproporcionado garrote. De allí partieron de inmediato hacia la iglesia más cercana con el fin de sentar sus nombres en la próxima ceremonia de matrimonio. Resulta que un vecino que atravesaba por el sector montado en un bus de transporte público los vio entrar y al llegar al barrio dio aviso al instante. En ese tiempo lo odiaron, pero hoy en día con casi treinta años de matrimonio, no dejan de agradecer su gesto batracio y hasta lo nombraron padrino de uno de sus hijos.

Un vecino de aquella época, pintor de brocha gorda, hizo honor a su oficio y sin ni siquiera darle un mordisco al pastel debió pagar con matrimonio, pues la barriga de la novia los puso al descubierto luego de seis meses de noviazgo.

Otras anécdotas…
Cierto domingo preparé un arroz trifásico y surtí la nevera de cervezas. Aparte de mi esposa y de mis hijos solo tenía un par de invitados: un compañero de trabajo y su esposa. Cuando estaba a punto de servir la mesa y de destapar la primera tanda de frías, se presentó de improviso un primo mío junto a su familia política, compuesta por su esposa, los suegros y dos cuñados. Palidecí, no saldríamos ni a pocillo de arroz ni a cucharada de cerveza, por lo que decidí ocultar lo que tenía dispuesto. Nos sentamos en la sala y sólo brindé una gaseosa litro y procuré hablar poco, todo con tal de que la inesperada visita se marchara pronto, aburrida, pero pasaron dos horas y nada de nada, y el hambre apremiando y mi garganta reseca. Hasta que por fin se levantaron y nos despedimos. Era tanta el hambre y la sed que me agobiaba que no había pasado ni un minuto cuando di presuroso la orden de servir y de destapar las primeras frías, yo mientras tanto prendí el Equipo a todo volumen, el ambiente cambió, hubo aplausos y vítores, pero entonces mi primo y su comitiva regresó y nos atrapó en plena faena, uno de ellos había olvidado sus gafas en una de las sillas.

Un compañero de trabajo compró una costosa joya, la rifó y resultó ganador nuestro jefe, pero mi compañero juzgó que el tipo ya era rico y no necesitaba más dinero, y por tal motivo no se lo dijo, pero éste de alguna forma se enteró y reclamó su premio, pero mi compañero, muy astuto, le indicó que había aplazado la rifa para el sábado siguiente, y el jefe mordió el anzuelo, pero mi compañero contó con tan mala suerte que el número que tenía el jefe salió nuevamente con la lotería del sábado y ahí si no pudo repetir la picardía.

jueves, 24 de enero de 2013

Tras la deshonra del Fantasma de la Novia

Samuel Trejo lo juró en medio de los tragos y en presencia de numerosos testigos: ¡A esa tipa donde la tropiece le tomo una foto y después le pego un par de planazos para que respete! Y se obsesionó de tal manera con el fantasma que a partir de allí no existía noche en la que no partiera en su busca; hasta que por fin lo encontró; o, mejor dicho, se encontraron.
He aquí la historia…
Sucedió hace unos quince años en Plato, Magdalena, Colombia, en una época en la que allí se desató la aparición de este ente; tanto, que el temor se apoderó de sus habitantes y muchos evitaban salir o regresar a sus hogares en horas nocturnas, y es que era precisamente cuando se evaporaba la luz celeste que el Fantasma de la Novia solía provocar estragos emocionales, o por lo menos fue lo que corroboraron varios de los que tuvieron la mala fortuna de toparse en su camino…
El panadero del barrio donde residía Samuel, retornaba a su vivienda cierta madrugada en su vieja bicicleta de trabajo, luego de una emocionante noche de copas. Durante el trayecto era inevitable franquear el cementerio local, situación que aunque a un gran porcentaje de los que lo hicieran a idéntica hora atemorizaría, al panadero no originaba ninguna clase de sensaciones, pues con cuarenta años a cuestas, curtido e incrédulo, consideraba que era simplemente una calle más y, además, era común que él transitara en tal horario por dicho sector casi todos los fines de semana y nunca vio ni escuchó nada fuera de lo normal. Tarareaba al compás de cada pedalazo la última canción que bailoteó en la cantina; pero, de repente, notó que la bicicleta que conducía pesaba más de lo acostumbrado, como si arrastrara un peso adicional. Extrañado, cesó de cantar y volteó presuroso la cabeza; entonces quedó perplejo con lo que descubrió: una mujer ataviada de novia venía muy campante sentada en la parrilla trasera de su triciclo. El pobre infeliz entró en pánico y pedaleó con desenfreno, sin volver a mirar atrás, y sólo se detuvo al pie de su casa, donde dejó caer la bicicleta y casi derriba la puerta a golpes. Su mujer abrió sobresaltada y lo descubrió inconsciente en el suelo.

También fue de amplio conocimiento lo ocurrido con un taxista. Él transitaba en su carro una medianoche por los lados del cementerio, iba sin pasajeros, regresaba a su casa con el fin de descansar, fue un día ajetreado, pero entonces escuchó una extraña voz femenina proveniente de la silla posterior del auto, que expresó: Señor, por favor, me deja en la esquina siguiente. Pasmado, giró el rostro y observó que allí se hallaba acomodada la extraña dama vestida de novia de la que tanto se hablaba en el pueblo. Frenó en forma abrupta el automóvil y se arrojó hacia afuera, luego echó a correr como loco, y no se detuvo hasta llegar a una estación de policía cercana, donde entre jadeos explicó lo sucedido. Posteriormente un par de agentes debieron acompañarlo a recoger el automotor; jamás volvió a manejar en el turno de la noche.

Un jovenzuelo aguardaba impaciente a su novia quinceañera en un sector próximo al cementerio. Se amaban a escondidas de sus respectivos padres, y ningún otro lugar como el mencionado para dar rienda suelta a la pasión que los consumía sin arriesgarse a ser atrapados. No era muy tarde cuando el muchacho descubrió metros adelante, al lado de un viejo árbol de higuerón, el borde de un resplandeciente vestido blanco que ondeaba con el viento. Desalentado, concluyó que otra pareja de enamorados planeó lo mismo que ellos, se les adelantó y usurparon su nido de amor, por lo que se dispuso a partir, trataría de hallar a su novia en el camino para advertirle sobre el inesperado inconveniente, y de paso acordar con ella una nueva fecha de encuentro; de pronto, la portadora del vestido blanco surgió de atrás del gigantesco árbol y caminó en su dirección. Era de piel clara y su rostro brillaba demasiado. El chico la miró hipnotizado, y fue cuando notó que ella no caminaba, se desplazaba por el aire a pocos centímetros del suelo, entonces comprendió que estaba frente a un ser de otro mundo; y entre comprender y huir no transcurrieron ni siquiera dos segundos.

Dos muchachos salían de la población en un auto particular, tipo diez de la noche, en dirección a Tenerife, una localidad vecina, donde dos cariñosas chicas los esperaban con ansias. Cuando el automóvil pasó cerca del cementerio apareció de repente la susodicha a un lado del camino, vestida de blanco y con velo, y les hizo seña solicitando un aventón. Los muchachos se miraron sorprendidos, pues no era ni la hora ni el sitio más indicado para que una dama anduviera vestida de tal manera, pero igual detuvieron el auto a su lado y con mucha amabilidad abrieron la portezuela; entonces un frío glacial que entumeció sus huesos penetró al auto, y antes de que pudieran reaccionar la chica ya no estaba.

Un hombre vivía solo, alquilado, en un pequeño cuarto cercano al sitio donde más se habían registrado “apariciones”, el cementerio. Cierta noche que regresaba de visitar a su novia y futura esposa, —acababa de pedirle matrimonio—, se detuvo frente a su habitación y hurgó en sus bolsillos en busca de la respectiva llave, pero de pronto las hojas de la puerta se abrieron de par en par y en el marcó se dibujó el fantasma, sus ojos reflejaban una mezcla de furia y de melancolía; el pobre no soportó mucho tiempo ni de pie ni consciente. Al día siguiente abandonó la habitación y una semana más tarde hizo lo propio con el pueblo, sin preocuparse demasiado por una ilusionada mujer que quedó con el corazón roto.Transcurrirían meses antes de que el propietario de la habitación lograse firmar con otro inquilino.

Samuel Trejo, fotógrafo de profesión, estaba al tanto de estas y otras historias relacionadas y no cesaba de burlarse, nunca creyó en lo paranormal; es más, consideraba que el tal Fantasma de la Novia no era nada distinto que una mujer sinvergüenza que traicionaba a su esposo y utilizaba ese ridículo disfraz para evitar ser identificada, y la ignorancia del común jugaba a favor de sus intenciones. Día a día se conocían sobre nuevas apariciones y Samuel se enteraba en el billar que frecuentaba, y no hacía más que mofarse de quienes lo relataban; hasta que explotó, y el alcohol que solía recorrer sus venas todas las noches provocó que lanzara la inusual advertencia que en poco tiempo le dio la vuelta al pueblo, demostraría que todos los que vieron a la mujer vestida de novia y la calificaron como un ser del otro mundo eran unos idiotas, y para certificarlo y desenmascarar a la farsante le tomaría la mencionada foto, y de escarmiento le propinaría el par de planazos por el trasero.Tales palabras causaron la admiración y el respeto general: Samuel era un duro, y la incredulidad de una minoría: No creo que se atreva a tanto; pero cuando fue de amplio conocimiento que el fotógrafo, en efecto, comenzó a deambular las siguientes noches, machete en vaina y cámara en mano, comprendieron que hablaba en serio. Fue la locura, todas las mañanas se aglomeraban en el frente de su casa infinidades de curiosos indagando por el más reciente resultado de su búsqueda, e incluso, llovieron excelentes ofertas por una copia de la foto del Fantasma de la Novia si lograba retratarla, lo que Samuel recibió con sumo agrado, pues andaba urgido de dinero, ya que su casa, construida en barro, estaba muy deteriorada y era cuestión de tiempo para que se viniera abajo, y ahora contaba con una formidable oportunidad de conseguir la suficiente para reformarla.

Cuando pisé Plato no se hablaba de más nada que de la aventura de Samuel. En la misma terminal de transporte conocí la historia; el tipo ya completaba un mes tras el rastro del fantasma y no desistía en su empeño; incluso, pernoctaba con paciencia en los sitios donde, según testigos, fue avistada. Lo curioso del caso es que se continuaban reportando apariciones por otros lados, y ello enardecía al fotógrafo que no cesaba de vociferar a los cuatro vientos: ¿¡Por qué no me sale a mí esa zorra!? ¡El mico sabe en qué palo trepa!
Llegué a la población proveniente de Barranquilla persiguiendo un gran amor. A una hermosa plateña que me abandonó porque según sus palabras yo amaba más al alcohol que a ella. Conseguí su dirección y luego su perdón cuando toqué a su puerta con una oferta de matrimonio y la promesa de abandonar la bebida. Su madre, igual de emocionada, aceptó que me quedara en la casa mientras ultimábamos detalles. Y fue cuando días después conocí a Samuel, mi futuro cuñado, quien vivía cerca y llegó de visita. No pude creer mi buena suerte; lo paranormal es mi debilidad. De inmediato hubo afinidad entre ambos, nos apasionaba el alcohol y el juego. Pronto me uní a su empresa y a las visitas al billar. Como llegué al pueblo con lo suficiente para una estadía aproximada de un mes, e inclusive para los gastos de una posible boda, no me preocupaba en lo más mínimo el factor dinero. De todas formas también aspiraba a quedarme con una de las copias de la fotografía y cerrar con ella un buen negocio en Barranquilla, —yo si creía que ese fantasma era real—, donde al final y al cabo era el sitio en el que pretendía fijar mi residencia junto a la hermosa plateña, luego de que nos casáramos.
Samuel no colocó reparos en que lo acompañara a buscar al fantasma. Casi siempre empezábamos en horas de la tarde tomando cervezas en el billar, —mi prometida me otorgó una pequeña licencia para que pudiera beber; yo la convencí que era lo mejor para perder el miedo y obtener la confianza de Samuel—, luego salíamos a patrullar. Muchos lugareños que daban por hecho que lograríamos tomar la ansiada fotografía abonaron la mitad de su costo, y algunos hasta la pagaron en su totalidad, y eso era más que suficiente para nuestra financiación. La hermosa plateña miraba con buenos ojos lo que hacíamos, pues era quien recibía mi parte, e igual ya estaba pactada la boda en la iglesia del pueblo y acudíamos sin falta todas las mañanas al respectivo cursillo prematrimonial tomados de las manos ¡Qué tiempos aquellos!
Entonces se vino la debacle, y ésta empezó a dar señales evidentes desde una semana antes, cuando escuchamos un llanto desgarrador proveniente de muy lejos, pero que en cuestión de segundos, desafiando las leyes físicas conocidas, casi estalla en nuestros oídos… Esa debe ser La Llorona, manifesté preocupado, pero no tan asustado, pues el alcohol con su respectiva dosis de valentía no dejaba de fluir a través de mis venas desde que arribé a Plato. Déjate de tonterías, replicó Samuel con tono despectivo, y luego agregó: Alguien trata de asustarnos, y si es así y logro atraparlo será quien reciba los planazos.
Un día después, un caballo negro, sin jinete, pasó a galope cerca de nosotros, casi nos arroya. Quise manifestar que según mi entender ese podría ser el Caballo del Diablo, pero conociendo de antemano la manera de pensar de Samuel preferí callar. Y no me equivoqué en tal apreciación sobre mi amigo, pues al día siguiente que un enorme perro color azabache, de ojos rojizos que despedían chispas, empezó a seguirnos, expresó que debíamos tener cuidado con ese animal, ya que su actitud demostraba que padecía de mal de rabia. Después escuchamos extraños aullidos que por lo menos a mí me erizaron la piel. También observamos cientos de murciélagos que chillando sobrevolaron encima de nuestras cabezas; pero Samuel ni se inmutaba. Hasta que dimos con el Fantasma. Esa noche habíamos bebido más de la cuenta y buscábamos cama antes de lo previsto. Samuel, cuya paciencia ya se colmaba, empezó a gritar mientras marchábamos en dirección a nuestras casas:¡Maldita ramera!, ¿por qué no te dejas ver? El pobre ignoraba que sus ruegos por fin habían sido escuchados. Estábamos en nuestro barrio y paré en una esquina a desahogar mi atestada vejiga, Samuel continuó adelante. Entonces, cuando mi cuerpo acababa de recuperar su compostura, la vi venir; quedé atragantado; experimenté una mezcla de sensaciones: alegría, rabia, temor, alivio; y, sobretodo: curiosidad. Grité: ¡Samuel, es ella! Él volteó sorprendido, sonrió y expresó al instante, con ira: Por fin te tengo en mis manos, maldita zorra. Luego alistó la cámara y empezó a accionarla con desenfreno, múltiples luces iluminaron la calle. Ella continuó caminando lentamente en dirección a Samuel, el incansable flash de la cámara no la perturbaba en lo más mínimo. Yo, embelesado, no dejaba de mirarla, era tal cual la describían: alta, vestida de novia, con velo, y enigmática. Al pasar por mi lado giró su rostro hacia mí por un leve instante y sentí un escalofrío: su mirada era dura, extraña, como acusadora. Samuel se atravesó en su camino sin dejar de accionar la cámara, los separaban algunos cinco metros, luego colocó la pequeña máquina en el suelo activada en el modo automático y desenvainó el machete. Fue cuando descubrí que ella no caminaba, sino que se desplazaba por el aire; entonces grité alarmado: ¡Samuel, es verdadera, no lo hagas! Pero de nada sirvió. Mi amigo avanzó hacia el fantasma con el machete en alto. Ella se detuvo en seco y su rostro se transformó en el de una espantosa calavera. Samuel despepitó los ojos y se paralizó por unos segundos, luego trató de correr en retirada pero trastabilló y cayó bocabajo. El machete fue arrebatado de sus manos por una fuerza invisible y luego cobró vida, subió y bajó en cuatro oportunidades sobre las nalgas de Samuel, quien escupió un grito desgarrador. La cámara continuaba activada y los destellos proporcionaban un tinte dramático a la escena. Yo observaba aterrorizado, sin saber qué hacer. De pronto el fantasma, cuyo rostro continuaba siendo el de una calavera, giró hacia mí y sentí un estremecimiento. El machete dejó de castigar a Samuel y se enfiló en mi dirección, parecía poseer ojos, ojos que me miraban con furia; enseguida comprendí que sería su próximo objetivo. Miré a todos lados, estaba perdido, no había donde ocultarme, todas las casas tenían, lógico, sus puertas cerradas; pero igual eché a correr, y en un instante en que miré hacia atrás descubrí que el machete venía veloz volando tras de mí. Entonces una puerta, metros adelante, se abrió y una señora de edad avanzada se asomó gritando… ¡Carajo, qué es esa bulla, dejen dormir! Y no lo pensé dos veces, me lancé hacia allá, la aparté del camino y tiré la puerta, un segundo después escuché un fuerte golpe sobre la madera. Al día siguiente, cuando me atreví a salir, encontré el machete incrustado en la puerta.
Samuel debió ser internado en una clínica y sólo recuperó el conocimiento una semana más tarde. Su familia me indilgó parte de las culpas, por lo que la boda se canceló y debí partir de Plato con las manos vacías y la fama de alcohólico. Las fotos salieron veladas, y solo se pudo rescatar un par que Samuel no permitió que conociera el público, en ellas se veía el machete cayendo sobre su trasero. La noticia se filtró y él se convirtió en el hazmerreír de la comarca. Su casa terminó por caerse y debió pasarse con su familia para donde su madre.

Nunca volví a ver a la hermosa plateña, tampoco he regresado por la población. De recuerdo de esa mágica época heredé una terrible fobia hacia la oscuridad y hacia los vestidos de novia, téngalos quien los tenga; cuando haya de casarme mi novia deberá hacerlo igual que yo, de esmoquin.



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jueves, 6 de diciembre de 2012

¡Ojo! Yo con la pólvora ¡Nanay cucas!

¡Carajo! ¡Sería el colmo!, cuatro quemaduras y varios fiascos son suficientes para que ni siquiera por televisión me agrade observar la quema de un castillo de fuegos pirotécnicos. 

Con apenas nueve años viví la primera experiencia. Y todo por un mal de amor. Resulta que cerca de mi casa vivía una niña, sordomuda, dos años mayor que yo, a la cual le simpatizaba, pero que tenía una forma poco convencional para demostrarlo, y era pegándome. Para colmo, yo cargaba una timidez y un nerviosismo que no me lo quitaba nadie, y solo era notar que se aproximaba la chica para huir despavorido, y es que estaba seguro que donde ella lograra atraparme podrían ocurrir dos cosas, o me halaba por el cabello o me besaba a la fuerza, y cuando digo besar a la fuerza quiero decir que tal arrebato llevaba incluidos algunos rasguños y golpes. Tal circunstancia provocó que el pequeño Antony detestara salir de casa, o detestara no, más bien temiera, y por ello la pasaba encerrado. Entonces vino aquel trágico siete de diciembre. Eran las ocho de la noche y desde mi ventana observaba con envidia como mis amiguitos jugaban y corrían de un lado para otro, y estaba que me reventaba por unirme a ellos, pero el pánico me impedía hacerlo; sin embargo, luego de un corto periodo que me pareció una eternidad, fui vencido por la tentación y terminé abriendo la puerta. Salí con una alegría desbordante, sin tomar las debidas precauciones, y no transcurrieron ni cinco minutos desde que empecé a jugar con mis amigos cuando se acercó corriendo la chica de mis temores, traía en sus manos un tubo de luces de bengala de colores que sus padres (en aquel tiempo era lícito) le acababan de encender. En su rostro se dibujaba la felicidad por verme nuevamente en la calle, pero también lucía hazañosa por el pequeño artefacto que cargaba. Todo fue tan rápido que algunos detalles escapan de mi memoria, la cuestión fue que en fracciones de segundo el tubo estaba posado sobre mi cara, exactamente en el ojo izquierdo, y sobre ese sitio se descargó todo el arsenal de colores, e ignoro qué ley física o divina influyó para que yo cerrara el párpado milésimas de segundos antes. El dolor fue intenso y fui llevado de emergencia a un hospital. Esa parte de mi piel quedó como escamas de pescado, y durante un par de meses porté un enorme parche que cubría desde el arco superciliar hasta el pómulo, razón por la cual mis crueles amiguitos me llamaban Morgan. Cuando me retiraron el parche, la parte afectada era de color más claro que el resto del rostro, y seguí siendo conocido como Morgan.

Un año después, otro siete de diciembre, jugaba con pólvora a escondida de mis padres. Enterré un pequeño cohete, lo encendí y luego eché a correr a colocarme a salvo, pero la mecha de éste se apagó y por lo tanto no despegó. Decepcionado caminé a averiguar el motivo, me agaché y lo miré de cerca, muy de cerca, mucho, y de repente éste despegó, y ¡Zuac!, recibí el totazo y la explosión debajo del ojo derecho. Aparte de la zurra que me propinó papá, debí usar nuevamente parche por dos meses, y revivió el viejo apodo de Morgan. Cuando me retiraron el parche también quedó esa parte del rostro más clara que el resto, y ahora hacía juego con la parte clara del ojo izquierdo, entonces me apodaron “El Mapache”. 


Al año siguiente mi nueva desventura fue con un traqui traqui, o para ser exactos con dos traqui traqui. El primero, luego de encenderlo, lo solté, pero con tan mala fortuna que cayó sobre mi nuevo pantalón, uno que precisamente estaba estrenando, haciéndole un hueco fenomenal (recordemos que antes, mucho antes, no estaban de moda los huecos en los pantalones). Temblé, con lo cascarrabias que era papá no dudaba que yo tenía asegurada una buena tunda apenas lo descubriera. Tardé en entrar a casa tratando de postergar al máximo el castigo que me aguardaba, y continué jugando, así que arrastré otro traqui traqui contra un piso y cuando quise tirarlo éste no se desprendió de mi dedo índice derecho. Corrí gritando hasta la casa, donde papá no pudo desprenderlo a pesar de todo el esfuerzo que hizo. Mi calvario cesó un poco cuando el traqui traqui se consumió, lo que no me libró de la buena tunda. En consecuencia de aquel accidente mi huella dactilar es diferente a la de los demás mortales, son varias ‘t’.
El cuarto accidente decembrino fue con una esponja brillo. Recuerdo que estaban de moda y chico que se respetase siempre tenía para comprar un par. Me hice a una, la amarré a una pita y la encendí, y cuando quise darle vuelta en el aire cayó sobre mi cabeza. Mi cabello empezó a arder en cuestión de segundos y yo a correr chillando, mi padre lo apagó con un balde de agua, pero luego me pegó. Me quedaron como cinco trasquilones y mamá prefirió raparme para poder darle uniformidad a mi cráneo. Entonces, entre el vecindario se decía que yo era traste, basto, y hasta algunos empezaron a llamarme “Pájaro loco”, apreciación que refrendé con todos los honores una semana después cuando se me dio por comprar un “Mata suegras”, nuevamente a escondidas de mis padres, que ya no me quitaban el ojo de encima en esas navidades a sabiendas de lo bueno que era yo para el peligro, lo ubiqué en el suelo de la calle, y encima le coloqué un pote. Cuando hizo explosión, la lata fue a dar directo al costoso ventanal de una vecina y lo hizo añicos. Ya deben imaginar el castigo que recibí en casa. El resto de ese diciembre fui castigado con encierro, no podía salir de la casa ni para hacer mandados, pero el penúltimo día del año papá salió por un momento con mamá en la noche y lo aproveché para escapar. Encontré a un amigo tirando la famosa Piedra de pólvora, y le pedí un turno y él accedió rogándome tener mucho cuidado. Entusiasmado la eché a rodar con todas mis fuerzas a través del pavimento, pero ésta, en forma inexplicable, cambió repentinamente de dirección y fue a parar adentro de la casa de un vecino causando destrozos fenomenales; “El Pájaro loco” atacó otra vez. Papá debió pagar una fortuna por los daños y yo permanecí amarrado a una silla todo el treinta y uno de diciembre, y solo fui soltado para recibir el año nuevo. El resto de mi niñez no volví a poner un dedo sobre la pólvora, y hasta quedé un poco traumatizado, detestaba hasta ver encendido un cerillo.


Diez años más tarde, un veinticuatro de diciembre, celebraba, ya con treinta años, con toda la familia en casa. Guisábamos un par de gallinas, la nevera rebosaba de cervezas y la música no faltaba, era un ambiente ameno. De pronto la conversación giró en torno a mis locuras de niñez alrededor de la pólvora y al pánico que ésta después me generaba, y todos festejaron a rabiar. Alguien, creo que un tío, se atrevió a preguntarme si aún tenía pesadillas con ella y lo negué, algunos lo dudaron; entonces, envalentonado por el alcohol que recorría mis venas envié, para probarlo, a buscar una caja de velitas de bengala. Cuando la trajeron todos salimos a la mitad de la calle, tomé una, la encendí y empecé a girarla dibujando círculos de brillo en el aire, todos aplaudieron y me sentí orgulloso, los temores quedaban enterrados en el pasado. Muchos transeúntes y vecinos miraban extrañados la curiosa escena. Cuando ya casi se había consumido la velita de bengala, la tiré, animado por los aplausos, con fuerza hacia arriba, como ordenan los cánones, y a medida que surcaba los cielos dejaba atrás una estela de estrellas. Fue a dar al poste de electricidad de la esquina, y allí empezaron a brotar bastantes estrellas, enormes, hasta sonar una fuerte explosión, y entonces la luz se fue en todo el barrio. Pasamos tres días sin luz, la empresa de energía me envió una factura enorme, jamás pensé que un transformador eléctrico costase tanto.




La pólvora no es un "fuego" de niños, y los padres deben tener mucho cuidado con ellos, pero también las autoridades deben hacer lo propio con los sitios donde la expenden, ya que los niños siempre se las ingenian para burlar el control de sus progenitores.