Empezaron a sospechar a partir del momento en que hallaron excremento de duende en el patio. Pero no hubo certeza hasta que mi suegra, Rubiola, lo vio una noche, precisamente en el patio, cuando ella caminaba hacía el baño. Lo describió, luego de que su lengua recuperara la compostura, como un pequeño y horrible ser, de color obsceno, con sombrero, zapatillas y ojos que despedían rencor. Desde allí una fiebre de muerte la aquejó por espacio de una semana, y si no perdió la vida fue solo porque se santiguó al instante de que el duende la miró.
Entonces el pánico se apoderó de los habitantes de la vivienda, y todos corrieron a surtir sus cuartos con vasenillas, a acostarse temprano, a deambular de dos en dos, a hablar quedo y a proponer que se sellara la puerta que daba al otro mundo. Pero fue demasiado tarde, ya las chicas en edad de merecer empezaron a manifestar que sentían que las manoseaban por la medianoche. Mi suegrastro, consciente de que las primeras sospechas de los furtivos manoseos nocturnos a féminas siempre recaen sobre los familiares políticos, trajo del mercado, cual rayo, cuatro tréboles de cuatro hojas, repelente natural de duendes, y los ubicó en los puntos cardinales de la casa. Y hubo tranquilidad por espacio de una semana, al final de la cual el grito desgarrador de la inquilina, una chica veinteañera, soltera, que ocupaba en arriendo el cuarto delantero, los retornó a la realidad. La hallaron atada a la cama con sábanas, con el torso desnudo y colmado de rasguños, y el contenido de su escaparate volcado contra el suelo; un inventario a la mañana siguiente arrojó que el pequeño espectro hurtó unas monedas y un sobre que contenía medicinas. De allí en adelante no existió noche en la que no se repitieran los ataques en contra de la inquilina, a pesar de la cadena de oración que lideró un pastor evangélico vecino y que trajo a Dios a la habitación, por lo que concluyeron que el duende debió hacerse a un trébol de cinco hojas, lo único físico que anula el poder antiduendista del trébol de cuatro hojas, y también contar con un permiso especial del Todopoderoso. Entonces, habiendo transcurrido sesenta días, Rubiola consideró necesario hablar a solas con la chica. De familia pueblerina, mi suegra estaba al tanto de que los duendes son manifestaciones físico-fantasmales rebeldes y vengativas de los no nacidos, que están condenados a vagar por la eternidad por el hecho de fenecer sin ser bautizados, y que aparecen con frecuencia en sitios donde han ocurrido abortos. A pesar de que la chica en un principio lo negó rotundamente, un incontenible mar de lágrimas, la vista caída y una faz rojiza lo confirmó. Varios novios que abultaron su barriga se negaron a responder y ella no era tan tonta como para arruinar su vida a tan temprana edad. Una maleta y un adiós dio por concluido el asunto del duende en la casa de mi suegra, o eso juzgaron.
Un infante de cinco años, sobrino de mi esposa, acompañaba una posterior noche en el patio a su prima de quince años a recoger la ropa que habían lavado por la mañana, y expresó, de improviso: “¡Mira, mira ese niño con cara de demonio montado en el palo de mango, me está llamando!”. La aludida no se tomó la molestia ni siquiera de voltear a mirar, y pegó una endemoniada carrera que sólo finalizó debajo de las sábanas de su cama.
Dormía con mi esposa un sábado en la noche en casa de mi suegra, habíamos departido en una fiesta cercana y dejamos el regreso a nuestro hogar para el día siguiente. De pronto desperté, ignoro la hora y el tiempo transcurrido desde que había cerrado los ojos, y reparé que la puerta del cuarto se encontraba abierta, no lo entendí pues yo mismo pasé el cerrojo luego de entrar, pero la supresa fue mayor cuando a través de ella observé que sobre el equipo de sonido, ubicado en la sala, estaba sentado, cruzado de piernas y fumando, un pequeño ser que no cesaba de mirarme con burla. Era tal cual lo caricaturizan: verde, con sombrero de copas y zapatillas de payaso. Mi reacción fue simple, tal vez por la conciencia etílica que aún me embargaba: me levanté, cerré de un portazo y continué durmiendo. Al día siguiente que referí la historia creció el temor entre los moradores.
La hermana de mi suegra, un mes más tarde, se levantó en la medianoche con sed, y cuando llegó a la nevera ubicada en la cocina notó aterrorizada que el pequeño ente sujetaba la puerta del electrodoméstico. Su chillido espeluznante antes de desmayarse y ulterior reclusión en un hospital siquiátrico por espacio de una semana, anunció que ya era hora de poner fin a la situación. Y se discutió en una reunión dominguera. Rubiola, mi suegra, era partidaria de realizar una ceremonia de bautizo rociando agua bendita por todos los rincones de la casa, y suministrarle un nombre al duende, pues continuaba insistiendo que ese era el alma de un feto, que por haber abandonado el mundo sin haber llegado, estaba condenado a vagar por los siglos de los siglos en el plano de los no bautizados. Su hermana propuso repetir la cadena de oración indefinidamente, o en su defecto crear una iglesia cristiana en el inmueble. Mi suegrastro inculcó la idea de vender de inmediato la casa; en cambio, sugerí que mejor lo atrapáramos y le propináramos un escarmiento por hacernos la vida imposible y pretender quedarse con la casa. De antemano estaba documentado que el poder de los duendes radica en su sombrero, este les permite aparecer y desaparecer; solo era necesario colocarle una trampa y quitárselo. La idea fue aprobada por la mayoría, pero el único que se ofreció a ponerle el cascabel al gato fui yo. Para tal fin, me dirigí al mercado público de Barraquilla, pues es de dominio general que en el sector existen locales atendidos por indios putumayos, y estos, por tradición, son expertos en temas paranormales. Luego de varias pesquisas fui enviado con el viejo Adalgio, supuestamente el duendólogo más capacitado del país. Adalgio posee un puesto en el cual expende plantas medicinales y esotéricas y atiende consultas, ubicado en el punto más recóndito del sector. Es un tipo de algunos sesenta años, gordo y de espesa cabellera, y cuya característica a destacar es la larga barba que le llega hasta el ombligo (lo encontré descamisado) y esta barba es tan crespa que se podía creer que más bien son los vellos del ombligo que le llegan hasta la barba. El viejo Adalgio exigió antes de atenderme que comprara varias cervezas; sus ojos vidriosos y sus ademanes lentos demostraban que no pocos litros de estas bebidas ya reposaban en su estómago. Ordené el licor y apenas Adalgio engulló los primeros sorbos, fue todo oídos. En efecto, tenía lo que yo necesitaba, la trampa para duendes. Es parecida a una trampa para ratones, pero según Adalgio, lleva una oración especial que atrae a los duendes. Hay que colocarle una galleta untada de crema de leche, el alimento favorito de los gnomos, y luego solo hay que esperar. Cuando el duende toma la galleta la trampa se acciona y su dedo es aprisionado, a raíz del impacto su sombrero cae, dejándolo vulnerable. Entonces cualquiera lo puede forzar a realizar un trato, en nuestro caso sería que a cambio de perdonar su vida se marche hacia la montaña más desierta del planeta y no salga jamás. Cuando acepta se le regresa el sombrero sin ningún tipo de prevención, pues los duendes en cuestión de tratos son unos caballeros.
Coloqué la trampa en la habitación delantera y dormí allí, solo. Fui el único que aceptó hacerlo. En la madrugada un cacareo espantoso me despertó, miré instintivamente hacia la trampa y vi atrapada de la pata a una gallina negra, quedé impresionado, es que en la casa de mi suegra no hay gallinas negras, es que ni siquiera gallinas, ni pollos, nada. El resto de habitantes corrieron a la habitación e igual se sorprendieron. La gallina se movía inquieta a raíz del dolor y del susto, era fea, con muchos granos alrededor del pico. Rubiola sonrió y propuso que le retorciéramos el pescuezo e hiciéramos un guiso con ella, los presentes respondieron en coro que no comerían un animal de dudosa procedencia, entonces indiqué que igual le retorciéramos el pescuezo y la diéramos de alimentos a los perros de la casa, y todos asintieron, entonces procedí a liberar su pata, pero la gallina al sentirse libre nos pintó la cara, antes de que pudiéramos reaccionar escapó volando. Luego de media hora de cavilaciones, cada cual regresó a su cama. Fui despertado a las seis de la mañana por un grito, era la voz de mi mujer que acababa de entrar a la habitación. Asustada indicó que descubrió al duende parado al lado de la cama y hurgando en mi cartera de bolsillo, que al verla ingresar, desapareció y la cartera cayó al suelo. Me levanté como impulsado por un resorte, movido por un presentimiento; y, en efecto, lo confirmé: un cheque de gerencia con un monto considerable que destinaba para comprar a mitad de precio un lote de repuestos para motos a un comerciante japonés, faltaba. Casi enloquezco, sentí unas inmensas ganas de matar al duende, ese cheque era todo mi capital; había quedado arruinado. Un sentimiento de odio me embargó. Regresé con el viejo Adalgio, y al escuchar mi queja se tomó de la cabeza, reconoció que se había equivocado, que en lugar de una trampa para duendes me vendió una trampa para brujas. No di crédito, por lo visto la casa de mi suegra estaba infectada de fantasmas. Adalgio explicó que las brujas solo entran a las casas cuando se enamoran de uno de los vivientes y este nos le presta atención a su forma humana, pero que no había problema, cuando son descubiertas no regresan más. Buscó entre sus cachivaches y retornó con lo que identificó como la verdadera trampa para duendes, casi me desnuco moviendo la cabeza de lado a lado, ya no estaba interesado en atraparlo, me había dejado en la quiebra y jamás se lo perdonaría, ahora deseaba su cabeza. Adalgio sonrió y luego agregó que también contaba con la forma perfecta: veneno para duendes, pero que a pesar de que en ninguna parte del mundo estaba penalizado matar duendes, debía actuar de prisa una vez éste falleciera, porque si alguien lo descubría podría meterme en problemas, pues ellos luego de muertos recuperan su forma humana, y a las autoridades les parecería poco creíble mi versión de que se trataba de un duende.
El veneno para duendes fue otro de los que se sumó a la lista de fracasos, a pesar de que seguimos al pie de la letra las instrucciones del viejo Adalgio, sobre todo de no hablar sobre el tema en la casa para que el duende no lo escuchara, y hacer la mezcla del veneno con galletas untadas de crema de leche en una casa vecina, el duende no mordió el anzuelo, por el contrario, causamos su enojo, en respuesta abrió los grifos del agua y el predio amaneció inundado, y partió algunos platos de vidrios en la cocina. Varios habitantes de la casa huyeron despavoridos, incapaces de soportar un minuto más.
Entonces mi suegra expresó que había llegado la hora de poner en práctica su plan, a lo que ninguno objetó. Consiguió agua bendita y la roció en el suelo la mañana de un domingo, pues según ella a los duendes les agrada los bautizos los domingos para sentirse humanos, y le dio por nombre Duenaldo. Compramos pudin y globos e hicimos una fiesta a la que invitamos a los vecinos; eso sí, ocultándoles el verdadero motivo de la celebración. La fiesta resultó increíble, nos acostamos a las cuatro de la mañana, la sala quedó convertida en un desastre, sillas tiradas por allá, sillas tiradas por acá, manchas de cerveza y de comida en el suelo y en los muebles, botellas regadas y algunas partidas; en fin, todo el desorden que queda comúnmente luego de gran festejo. Pero a la mañana siguiente, al levantarnos, quedamos de una pieza, la casa amaneció arreglada. Por lo visto, Duenaldo, como muestra de agradecimiento, se encargó. A partir de allí no ha habido más problemas con él. Aunque la mayoría aún le teme y continúan yendo al baño y a todos los rincones de la casa de dos en dos y evitan abrir los ojos y las orejas en horas oscuras, Rubiola sueña con verlo. Le sirve comida todas las noches, se la deja en el mesón de la cocina, para tal efecto compró platos verdes, el color favorito de los duendes, que marcó con el nombre de él. Tambien le deja un jarrón con agua, porque por alguna extraña razón los duendes parecen unos camellos tomando agua. Los utensilios siempre amanecen vacios. A cambio, Duenaldo hace el aseo por las noches, es muy práctico y eficiente, nadie lo siente, eso ha convertido a las mujeres de la casa en flojas, las muy avispadas dejan los chismes de la cocina sucios para que Duenaldo se encargue. Mi suegra le tomó cariño a Duenaldo, y hasta le compró otras camisas y pantaloncitos, todo talla cuatro. Una noche se las dejó al lado de sus platos y esta desapareció, en cambio Duenaldo dejó la de él, y mi suegra sonrió, estaba muy sucia y expresó, “¡demonios, huele a demonios!”, pero antes de echarla a la lavadora, siguió los cánones tradicionales, revisó sus bolsillos y lo que descubrió la dejó anonadada y llorando por varios días. Una manilla con el nombre de ella y una fecha específica; entonces recordó que cuando joven su esposo de entonces, el papa de mi esposa, la golpeó borracho, eso le produjo una intensa hemorragia y la decisión de romper el matrimonio. Fue hospitalizada por dos meses, aunque llegó a sospechar que estaba embarazada, en el hospital no se lo confirmaron. En aquel entonces a los pacientes de ese centro asistencial les colocaban manillas con sus nombres y la fecha de ingreso. En los bolsillos también encontró un trébol de cinco hojas, una bolsa con medicamentos, que al examinarla contactó que se trataban de pastillas para inducir al aborto, era la bolsa que la inquilina había perdido y que adujo en su momento que eran para el dolor de cabeza. Y por último, también mi cheque. Cuando lo recibí corrí jubiloso hasta donde se hospedaba el japonés, con la intención de realizar el negocio, pero allí me indicaron que éste había caído preso junto a un incauto que le compró unos repuestos para motos denunciados como robados. Resulta que el tipo era un estafador chino al que desde años atrás le hacían seguimiento las autoridades colombianas.
Una semana más tarde, cuando Duenaldo se cambió nuevamente, Rubiola halló en los bolsillos de su ropa sucia una extensa lista, que sin necesidad de forzar el hemisferio izquierdo del cerebro concluyó que se trataba de otros duendes que urgían de bautizos, eran millones alrededor del mundo.
