domingo, 20 de mayo de 2012

Un puesto soñado




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    Queridos amigos, quiero compartir con ustedes este pequeño logro, estoy de primero en Amazón en la categoría de Cuentos. Agradezco a todos los que han comprado el libro, e invito a los que todavía no la han hecho a que se decidan, les garantizo plena diversión.

    Saludos.

lunes, 14 de mayo de 2012

Lecciones


Desde niño, Roberto demostró a sus padres que sus pasos se encaminarían por la delincuencia. En su época de escolar les dio los primeros indicios pues acudía al colegio con un lápiz y retornaba con cinco. También porque recibía el monto destinado para la merienda y regresaba con el dinero y el estómago lleno.
Y, en efecto, Roberto se convirtió en la edad adulta en un bandido, sin éxito, pero bandido al fin y al cabo.
Es que, a pesar de haber sido instruido por don Braulio, un exitoso ladrón para quien robar fue todo un arte y que pregonaba con orgullo haber robado a la luna sus valiosos aretes, al mar la inmensidad y al sol su eterno brillo, Roberto nunca fue el ejemplo del alumno que supera al maestro. Ni siquiera llegó a igualarlo, debido a la increíble torpeza que siempre lo caracterizó.
Don Braulio sí que fue todo un personaje, un ladrón de verdad, y el único del mundo al que, por respeto, le antepusieron a su nombre el ‘don’, figuró en la lista de los más adinerados del planeta y fue el orgullo de toda una población: El Penacho. 
En su juventud, don Braulio solía viajar por semanas y al regresar, cargado de botines, descansaba una eternidad dándose la gran vida, bebiendo a diario y deleitándose con grandes sancochos a los que invitaba a la vecindad. Nadie se quedaba sin asistir y todos recibían a cambio costosos obsequios. Don Braulio, un tipo bonachón y fiel cumplidor de sus promesas, a la señora de la esquina, que quedó inválida al tropezar con un gato, le procuró una silla de ruedas, japonesa, digna de una reina. Funcionaba con batería, se dominaba con la voz, poseía cambio de velocidades y hasta cabían dos personas. A una pareja de novios que debían casarse con urgencia pues la barriga de la mujer empezó a crecer muy deprisa, le regaló un par de anillos de boda de veinticuatro quilates, aunque ellos debieron mandar a borrar los nombres ajenos grabados en su interior. Eran unos anillos muy extraños: de mañana, rojos, de tarde, verdes; de noche, amarillos y de madrugada brillaban tanto que podían usarse como linternas. Los novios, preocupados porque don Braulio los hubiera engañado, acudieron a un experto joyero quien dictaminó: «oro camaleón, obtenido de las minas secretas del desierto del Sahara», y no eran de veinticuatro quilates sino de treinta y cuatro. 
Pero el obsequio que dejó asombrados a todos fue el que don Braulio trajo a su esposa: una mujer robot de última tecnología: lavaba los chismes, barría, cocinaba, hacía los mandados y podía reemplazarla con lujo de detalles en su obligación marital durante los días escarlatas, y era tan perfecta en ese sentido que gemía. Los vecinos notaron a don Braulio, poco después, brindándole cuidados tan excesivos a la maquina que se regó la noticia de que él soñaba que los famosos cuatro días de incapacidad ancestral de su esposa se triplicaran. 
Y una promesa que la comunidad dio por sentado que don Braulio jamás podría cumplir fue la de encontrar novia a Leopoldo, el jardinero solterón del pueblo; un tipo de treinta y cinco años, horrible y desdentado, a quien el odontólogo desahució señalándolo de descuidado, tan descuidado que se le pudrieron hasta los postizos que le implantó.Por ello, el día que don Braulio apareció en el pueblo con una chica demasiado hermosa, y a la cual presentó con el nombre de Terestroika, la sorpresa fue mayúscula. La joven era rubia, de humildes ojos azules, de perfectas medidas y, encima, virgen. Su único defecto era que solo hablaba ruso. Leopoldo quedó tan impresionado por la belleza de la muchacha que se desmayó. A partir de ese día, el jardinero desdentado iba a todos lados acompañado de Terestroika, irradiando simpatía y pregonando a su paso que la desfloración la efectuaría sólo al cabo de tres meses, en el día de su cumpleaños, pues estaba seguro de que nunca en su vida volvería a tener a su entera disposición a una virgen y por lo tanto pensaba disfrutar su regalo al máximo; sin embargo, los demás hombres de El Penacho, colmados de envidia, consideraban que el verdadero motivo de tan inconcebible prórroga era que él ignoraba cómo se realizaba el asunto.
En esos tiempos Roberto, el torpe, y don Braulio, el experto, eran vecinos. Roberto, todavía adolescente, se maravillaba contemplando los excelentes frutos que recogía don Braulio de su profesión, y empezó a fantasear con dedicarse a lo mismo y por ello le rogó al veterano ladrón que le enseñara el oficio. Don Braulio no puso reparos, y aceptó enseñarle con una condición: sólo podría ejercer luego que él se retirara. Y le hizo jurar que no revelaría los secretos del arte a nadie sino a partir de su propia jubilación.
«Los pasos a seguir son siete y no son cosa del otro mundo», —enfatizó cierto día el viejo timador, dando comienzo al adiestramiento—, «pero los debes seguir al pie de la letra para evitar fracasos que te lleven a finalizar el resto de la existencia dentro de un calabozo».
Roberto anotaba sin perder detalles, con febril obediencia, y lo aprendía de memoria. 
«La sonrisa; es lo primordial en esta profesión», —recalcó don Braulio—, «mucho cuidado con eso, un ladrón malhumorado no roba ni un dulce a un niño».
«Contar con un repertorio de excelentes chistes. Una persona mientras se muere de la risa no se rehúsa a ser robada».
«Enamorar: fundamental. Las mujeres enamoradas lo entregan todo. Y no debes tener preferencia de sexos; si ves a un hombre directo a los ojos y le notas la mirada tierna, entonces no es un hombre de verdad por muy corpulento y serio que sea, y por lo tanto debes utilizar la misma táctica que con las mujeres».
«Andar siempre elegante y pulcro, pues las personas sucias son sospechosas».
«Debes estar rasurado en países capitalistas, y muy barbudo en países comunistas y árabes».
«Aprender a mentir con dignidad, tal como los políticos».
«Y por último, dormir de día para trabajar de noche».

Roberto, el torpe, memorizó y practicó durante años los siete pasos del buen ladrón, esperando con paciencia el retiro de su maestro. Don Braulio le había anunciado que solo lo haría cuando lo nombraran gobernador del estado, pues reunía el requisito principal para regir: ser inescrupuloso. Además, necesitaba cumplir un par de sueños dorados: hurtarse una banda presidencial —aquella con la que se posesionan los mandatarios, le explicó—, y lucir en su muñeca el único reloj Rolex original de oro con incrustaciones de diamantes aún existente en el mundo, el cual, investigó, portaba engreído el máximo jefe subversivo del país. Las tres cosas, para fortuna de Roberto que se moría por ejercer, sucedieron al mismo tiempo. Fue un ocho de agosto, cuando apareció don Braulio en el pueblo precedido de una comitiva, una caravana musical y lanzando fuegos artificiales; el experto ladrón no se cambiaba por nadie pues traía consigo la banda presidencial… con todo y Presidente, el día después de la posesión. Nadie daba crédito e incluso el mismo alcalde de El Penacho se vio sorprendido porque tan grata visita no se le hubiese anunciado primero a él, para recibirlo con los honores que ese cargo ameritaba. El alcalde envió emisarios de inmediato a buscar al presidente, con la promesa de poner a su disposición un batallón de soldados que lo protegiera de un posible intento de secuestro por parte de la guerrilla, pero el mandatario inexplicablemente lo rechazó. Después el alcalde supo la verdadera causa: el principal líder insurgente —el del Rolex—, también se encontraba presente en dicha reunión. Entonces, sin más alternativa, el alcalde decretó semana cívica en la localidad y se hizo invitar por don Braulio para formar parte del festín, que se prolongó por espacio de tres días donde nunca faltó la música, el licor, la buena mesa y la pólvora. La prensa nacional y el país en general se hallaban alarmados, nadie daba cuenta del primer mandatario, aunque algunos rumores sin confirmar indicaban que se encontraba celebrando la toma de posesión en una población apartada del país, acompañado de un ladrón profesional y su torpe aprendiz, el principal jefe de la guerrilla y un alcalde colado.
Fue un suceso inolvidable. Sacrificaron dos cerdos, una boa, tres iguanas, un armadillo, cuatro gallinas, dos chivos, una vaca y una camada completa de cuys en honor a los ilustres visitantes, a los cuales también agasajaron con un improvisado espectáculo que empezó con la presentación de una chica rusa, virgen, bailando el famoso prisiadka. A continuación desfilaron, dentro de una misma silla de ruedas, un par de esposos que había dejado inválidos el mismo gato y, por si esto fuera poco, una complaciente mujer robot estuvo disponible para calmar ansiedades. Se supo que el Presidente fue atendido por la máquina tres veces y el jefe guerrillero dos; el alcalde se abstuvo pues al fin y al cabo su vivienda se hallaba cerca. De sobremesa, un tipo horrible mostró la única dentadura postiza del mundo con caries y un par de recién casados expusieron sus anillos de boda, en oro de treinta y cuatro quilates, a los que habían adaptado alarmas. Como cierre, el brujo del pueblo leyó palmas de manos a diestra y siniestra y obsequió poderosos baños magnéticos para la buena suerte.
El Presidente, en medio de una borrachera tenaz, y muy emocionado, emitió su primera orden: nombró gobernador del departamento a don Braulio. Pero le recordaron al oído que ya existía gobernador, y el Presidente emitió su segunda orden: lo destituyó, « ¿Y por qué motivo?», le preguntaron, y él respondió con contundencia: «Por el que me da la maldita gana, ya que soy el que manda y listo». La tercera orden fue un cese bilateral al fuego con la guerrilla por los cuatro años de su mandato, a lo que todos aplaudieron a rabiar. El jefe guerrillero exigió a cambio una amplia zona de distensión, para vivir con tranquilidad ese tiempo y estudiar un posible tratado de paz con el gobierno. El Presidente no objetó y, muy benévolo, le concedió la octava parte del país, al extremo sur.
Se cuenta que mientras perduró la fiesta, absolutamente nadie en El Penacho pegó los ojos ni la boca. La chica rusa, Terestroika, aún virgen, y que desde su llegada al pueblo no había podido hablar con nadie dado que no la entendían, lo hizo durante horas con el jefe subversivo, quien dominaba a la perfección esa lengua. El viejo guerrillero quedó prendado y se la llevó cuando se marchó, dejando sumido en una profunda tristeza a su novio Leopoldo, el jardinero desdentado, que todavía no había cumplido años, y que a partir de ese entonces se volvió loco: no se bañaba, hablaba solo, y dejó definitivamente de cepillarse los dientes, hasta que una mañana desapareció y nadie volvió a verlo.

Roberto, el torpe, empezó a ejercer en firme la profesión de sus sueños a la edad de veinticinco años, pero más tiempo pasaba en la cárcel que afuera. Equivocaba los pasos a seguir. Por no dormir de día, cuando ingresaba en las casas a robar de noche el sueño y la policía lo atrapaban. Enamoraba a todos los hombres, pues no distinguía con claridad una mirada tierna de una dura y en más de una ocasión recibió inclementes palizas por parte de machos ofendidos. Andaba sonriente de lado a lado, al punto que ya en El Penacho lo catalogaban de idiota. Daba de todo a las mujeres, sin exigir nada a cambio. Solo robaba con éxito a los niños, y su repertorio de chistes estaba compuesto por uno solo que ya se lo sabían hasta en la luna. Con sólo seis meses en el negocio ya había pisado la cárcel en doce ocasiones.

Don Braulio se encontraba iracundo; su discípulo, Roberto, no podía ser más estúpido, y lo estaba haciendo quedar muy mal. ¿Qué diría le gente de él, buen ladrón pero tan mal profesor? Lo llamó a consulta y el descargo de Roberto fue que tal desgracia solo podía deberse a que era víctima de un potente embrujo por parte de algún envidioso. Don Braulio soltó una estridente carcajada pero, consciente de que la sugestión es más fuerte que la mente y el cuerpo juntos, lo envió a un amigo, el brujo Nicanor que, brujo y todo, le debía algunos favores pues lo había invitado a aquella mítica reunión con el Presidente donde pudo promocionar sus baños magnéticos, y hasta le había regalado una bola de cristal gitana auténtica, lo que produjo que su clientela y aciertos en la predicción del futuro aumentaran.
Nicanor, era un exitoso hechicero que logró amasar una pequeña fortuna haciendo trabajos particulares a poderosos narcotraficantes y políticos, muy temido y respetado en El Penacho y sus alrededores; endulzaba lo salado y salaba lo dulce, casaba a los separados y separaba a los casados, conseguía trabajo a los desempleados y dejaba cesantes a los empleados, sanaba a los enfermos y enfermaba a los sanos… Sin embargo, lo que más fama le proporcionaba era que devolvía la vitalidad perdida a los hombres maduros y la calentura a las mujeres aburridas, simplemente suministrándoles un compuesto de borojó, raíz de jengibre, brandy y ojo de vaca licuado; pero eso fue antes de que se descubriera, al azar y para su infortunio, una pastillita milagrosa que en poco tiempo inundó el mercado mundial.
El brujo Nicanor aceptó ayudar a Roberto, el torpe, con la condición de compartir por mitades todo el botín obtenido a partir de ese momento. Para tal fin, le recetó un potente baño compuesto por ruda, magnolia, sábila y manzana verde rebanada en cruces. Y, aparte, le ordenó usar a diario un perfume de pachulí reforzado con filamentos del Nido del Pájaro Macuá que, de paso, le serviría para atraer mujeres, las cuales no lo obligaría a compartir. Pero nada de esto dio resultados, Roberto, el torpe, continuó de fracaso en fracaso; ni coronaba un buen golpe ni se hacía a una mujer; y esto confundió a Nicanor, quien, dispuesto a no dar su brazo a torcer, recurrió a una medida extrema: hizo bañar a Roberto por doce noches seguidas con sal roja mezclada con heces de sapo y orín de murciélago hembra recién parida; pero, en forma inaudita, tampoco pudo despojarlo de la supuesta mala suerte. Es más, este último menjunje debió de producir el efecto contrario, porque Roberto, que viajó a probar fortuna por otros lares, fue capturado en Barranquilla cuando, luego de arrebatarle el bolso a una abuela, se escondió apresurado, en el colmo de su torpeza, en una casa verde muy grande que resultó ser la estación principal de la policía de la ciudad. La anciana, que falleció a raíz de la impresión, se trataba de la madre de un hombre muy influyente que revisó el pasado judicial de Roberto y, al percatarse del prontuario que arrastraba, usó todo su poder para hundirlo. Y fue el instante en que Roberto, luego de escuchar a un juez dictar un implacable veredicto, comprendió compungido que jamás sería un buen ladrón como su mentor.

Don Braulio, a los sesenta años, cansado, arruinado y enfermo, se lamentó del triste final de Roberto y de algunas de sus más grandes obras. La mujer robot poco a poco perdió sus facultades, pues el chip de los gemidos se fundió y no encontró repuesto en el país. Desde entonces, gemía cuando lavaba los trastos y refunfuñaba cuando lo complacía, caminaba con las piernas muy abiertas y las cerraba al acostarse, tan fuerte y de improviso que varias veces estuvo a punto de cercenarlo; el pobre decidió entonces conformarse con su esposa tanto en verde como en rojo. Pero lo pensó demasiado tarde, ella se encontraba resentida y le confesó que ya estaba en trámites para poseer su propio robot que cumpliera, como debía ser, las funciones de un macho.  
Los cónyuges inválidos recuperaron la movilidad de sus piernas una mañana en que el gato causante de sus males amaneció muerto, algo muy oportuno pues la silla de ruedas ya se negaba a obedecer la voz y daba unos frenazos en seco que a menudo los lanzaban violentamente contra el suelo. A consecuencia de tales golpes, el médico les prescribió cuellos ortopédicos de por vida. 
El presidente de la banda terminó su mandato muy criticado, pues el grupo insurgente se fortaleció con la tregua y acabó integrado con el triple de hombres que antes de habitar la zona de distensión, y con cinco veces más armas. Todo por nada, pues en ese tiempo nunca dejaron realmente de hostigar a la fuerza pública ni de cometer actos vandálicos, y mucho menos volvieron a conversar de paz.
El líder guerrillero del Rolex, posteriormente cayó al ser descubierto su campamento secreto en las montañas, el cual fue objeto de un fulminante ataque aéreo ordenado por el nuevo presidente. Su cuerpo quedó destrozado, al igual que su lucha personal contra la desigualdad social, pero un reloj en perfecto estado fue rescatado de su muñeca y expertos joyeros, consultados por el gobierno, lo certificaron como el único Rolex auténtico de oro, con incrustaciones de diamantes, aún existente en el mundo. Don Braulio, que observaba estremecido la noticia, corrió al baúl donde guardaba el que le robó y lo encontró oxidado.

Por intermedio de un rebelde desmovilizado que pasó una mañana por El Penacho, don Braulio se enteró de que Leopoldo, el desdentado ex jardinero, se había enrolado en la guerrilla agobiado por el despecho, y que en poco tiempo pasó a comandar un frente y se ennovió nuevamente con la rusa Terestroika, ya no virgen, luego que a ella la dejara viuda la aviación gubernamental. Leopoldo había aprendido a hablar ruso, aunque ella ya dominaba perfectamente el español y le confesó que las primeras palabras que supo decir en castellano fueron: “duro, duro” y “así, así”, tanto en el fragor de un combate como en la intimidad. A Leopoldo ya no le quedaba un solo diente, ni postizo ni real, y su aliento era tan fuerte que le crecieron flores en la boca. Fue lo último que supo don Braulio de ellos, pues mientras algunos en EL Penacho aseguraban que el par de enamorados fueron víctimas de la descarga intestinal de un avión fantasma, destino fatal de la mayoría de los que se levantan contra El Sistema, y otros, los románticos, preferían pensar que la selva se dio un buen festín con sus vidas.

Los anillos de boda en oro camaleón una tarde se quedaron verdes y nunca más cambiaron de color.
La bola de cristal empezó a fallar y predecía las cosas al revés: a los hombres les auguraba, en un futuro cercano, un buen mozo que les pospondría matrimonio; y a las mujeres, una preciosa rubia que las amaba en silencio. El brujo Nicanor, furioso y decepcionado, la estrelló contra el piso. Abatido y sin un peso en los bolsillos, se retiró del negocio al comprobar que ya no atinaba a adivinar ni una lluvia en un día gris.

Una mañana, una comisión policial enviada desde la capital del país por el presidente del momento, allanó la casa de don Braulio y encontró millares de objetos denunciados como robados, y también la valiosa banda de posesión de su predecesor, y con ello se comprobó que los rumores de la reunión celebrada allí no eran infundados. Don Braulio fue a dar a la misma cárcel donde estaba recluido Roberto, y compartieron celda hasta que ellos y el resto del mundo perdieron la memoria.

Este relato viene incluido en Los Cuentos de la tía Epi
Lea esta historia también en El Heraldo.





miércoles, 25 de abril de 2012

Los cuentos de la tía Epi








Tengo el placer de informarles que ya está a la venta en Amazon mi segundo libro de cuentos. La portada es un diseño de José Gallo.
A continuación el prologo...


El escritor barranquillero Antony Sampayo, nos trae una segunda entrega de sus relatos de humor y suspense: Los cuentos de la tía Epi. Diecisiete textos breves conforman este libro, que es divertido de principio a fin. El autor tiene un don especial para el humor, un humor pícaro pero nunca soez y siempre ingenioso. Sus protagonistas casi siempre encajan en el tipo de hombre "que va a por lana y sale trasquilado", como decimos en España. Un "pobre diablo" lleno de humanidad al que siempre le suceden las cosas más inesperadas.Es un antihéroe con el que no es difícil identificarse de algún modo para la mayoría de los lectores, siempre en clave de humor.

Estoy seguro de que todos disfrutarán la lectura de esta colección de relatos, redactados con desenfado y una calidad literaria a la altura de las ediciones profesionales.

Fernando Hidalgo Cutillas.   Escritor español, autor, entre otros, de Fabulas de siglo XXI.

Barcelona. abril, 2012.


Índice
El Niño desobediente      
Deberes
Lecciones
Taquicardias
Zozobras de un pobre escritor
Trilogía batracia…
El Síndrome de Don Quijote
El Ser de las penumbras
Deuda tenebrosa
Micros…
Transiciones
El verdadero amor
Pánico
Estragos
En Espera del Diablo
Sinrazón
El Bolillo
Derroteros
Desagravios
Anécdotas cómico eróticas…
Estuve en un Swinger               
Aquella muñeca inflable           
La Mucama
Despelotes del Carnaval de Barranquilla
El anzuelo
El anzuelo II
El Anzuelo III 



jueves, 5 de abril de 2012

Crónica de una infidelidad



Para mí no es fácil contarlo, pero aún así debo hacerlo. Es necesario para que no les suceda a otros y que comprendan que el mal hay que cortarlo de raíz ante los primeros síntomas. También hay que dejar de lado el morbo que existe todavía, en pleno siglo XXI, alrededor de estos asuntos, sobre todo en los hombres por aquello de que… ¡sí!, de que el resto del género haga chistes crueles a nuestra costa y que se nos catalogue como rápidos, pocos potentes, o de escasa imaginación en la cama. Porque nada de esto fue la causa de mi desgracia.
El motivo de haber sufrido una traición fue simplemente por confiar demasiado; solo eso. Y romper la imprescindible regla de oro para conservar integro un hogar: la de no llevar hombres a casa y permitir que familiaricen demasiado con tu mujer. En mi caso, lo que más duele es que ocurrió con mi mejor amigo: Alemán. Ese desdichado abusó de la amistad pagando mal los tantos favores que le hice.

Era vecino y nos hicimos amigos aquella desgraciada mañana en que se acercó pidiéndome dinero prestado para ir al centro de la ciudad. Yo, muy cordial, no solo se lo di sino que lo llevé en mi auto, pues precisamente salía en esos momentos para allá.
Al mediodía, al regresar a casa, lo vi taciturno en la esquina y sentí lástima, el pobre era tan flaco que se le notaban las costillas hasta con la camisa puesta, así que lo invité a almorzar. Y ahí empezó todo. Si pudiera regresar el tiempo no cometería tamaña torpeza y tal vez aún conservaría la dignidad.

Soy moreno al igual que mi esposa, ambos descendemos de negros. Ella posee un cuerpo escultural y en su juventud ganó varios concursos de belleza. Desde niño la amé en silencio, y casi muero de la dicha al ella aceptar mis pretensiones cuando se lo confesé en nuestra adultez. Nunca querré a otra mujer tanto como a ella.
Alemán es un tipo de piel muy blanca y a nuestro lado parecía traslucido. Empezó a acompañarnos a todos lados, al supermercado, a visitar a mis suegros, a mis padres, al salón de belleza… En fin, nos volvimos amigos inseparables. Ya no necesitaba invitarlo a almorzar pues siempre estaba allí; es más, al volver del trabajo lo encontraba en la casa esperándome, y con el pasar de los días se tomó tanta confianza que cenaba antes de que yo llegara y lo encontraba dormitando en mi sillón preferido, y algunas otras veces, los fines de semana, con el equipo de sonido a todo volumen, con cerveza en mano. Y en un par de oportunidades hasta bailando con mi esposa.

¿Y mi compañera?, se preguntaran. Yo era el más sorprendido por su comportamiento. Ella, que era una mujer a la que todo fastidiaba, siempre aburrida y callada, ahora se la pasaba cantando y retomó sus hábitos de belleza. No niego que en aquel momento me alegró su transformación, ¿quién no va a desear tener una mujer feliz? ¡Pobre iluso! Se pasó de la raya, la ropa que yo no usaba se la regaló a Alemán sin consultarme, y después hasta la que usaba aún, con el argumento de que el pobre no tenía con qué vestir; la ingrata casi me deja desnudo.

Alemán se convirtió en nuestro eterno invitado a la mesa. El colmo fue que empezaron a primar sus gustos; yo pedía huevos revueltos y mi mujer me los negaba porque a él no le gustaban así. El asunto se me quería salir de las manos ya que en las compras quincenales debí doblar el surtido de pescados, pues era su plato favorito; incluir cigarrillos, café, y cervezas, cuando yo ni fumo ni bebo, y hasta comprar un nuevo sillón y otro par de pantuflas.

Cierta madrugada, al regresar de improviso de un viaje sw trabajo, Alemán fue quien abrió la puerta. Tenía envuelta en su cintura mi toalla predilecta, y para mi sorpresa, su masculinidad resaltaba en muy alto relieve del paño, demasiado; y el maldito apretaba los muslos con afán tratando de disimularlo. El vaso estaba rebosado; iracundo, lleno de recelo y con la pistola que guardaba dentro de la cómoda pintada en mi cabeza, decidí conversar seriamente con mi esposa, de no darme una buena explicación y estar dispuesta a someterse a una revisión exhaustiva, e incluso si aceptaba y yo encontraba su alma más húmeda de lo normal, alguien hubiera resultado herido, o dos. Pero salí a cobrar y quedé debiendo, pues ella estalló en llanto, reprochándome que dudase de su fidelidad y me catalogó de injusto, porque Alemán era su mano derecha y colaboraba en todos los quehaceres del hogar, cosa que yo no hacía, y que esa era una ayuda que ella no podía darse el lujo de rechazar, pues yo mismo era consciente que últimamente unos repentinos e inexplicables dolores de cabeza la estaban atormentando, tanto, que impedían que complaciera mi cuerpo como era debido, tal como antes. Me exigió entonces pagarle a Alemán una bonificación y, convencido de sus explicaciones y con un nudo en la garganta, acepté, y aparte permití que de ahí en adelante él trajera su ropa sucia para que ella la lavara, y también que le hiciera compañía cuando yo estuviera de viaje, por si había de llevarla de emergencia a un hospital. La verdad, pensé pleno de confianza y de amor, es que sólo a un tonto se le podría ocurrir que a un negro lo traicionaran con un blanco. Los negros estamos ubicados en la cima de la potencia sexual y los blancos de últimos, así que no había nada que temer.

Y por fin mi mujer, luego de cinco años de casados, quedó embarazada, y yo inmensamente feliz. Pero fue otro dolor de cabeza, debido a que el niño nació más blanco que la leche. Cuando el médico me lo enseñó casi caigo desmayado producto de la vergüenza. El hospital entero me miraba burlón y yo deseando que me tragara la tierra. El par de días en que mi esposa estuvo interna, no se habló de otra cosa en el recinto y yo proferí miles de excusas para mantenerme lo más alejado posible.
De regreso —en casa— y muy enojado, interrogué a mi esposa y me explicó que el tatarabuelo de su bisabuelo era polaco. Eso me tranquilizó a medias, pero no tardé en descubrir un lunar debajo de la oreja derecha del bebé, idéntico a uno que posee Alemán. Eso y el inmenso parecido de ambos me preocuparon al punto que partí de nuevo al ataque; pero ella, sin darle importancia, dedujo que probablemente se debió a que en los últimos meses de gestación le cogió fastidio al tipo y, según dicen, eso influye. Entonces decidí olvidar el asunto.


Pero meses después ella aprovechó que yo me encontraba de viaje para marcharse. Se llevó hasta el carro y los dos sillones. Me dejó la casa y las cuentas bancarias vacías. De su abandono culpé a mis padres, que desde el principio rechazaron al bebé y lo bautizaron jocosamente 'Alemancito'. Hasta me insinuaron practicarle un examen de A.D.N; incluso, la tía Epi no dejaba de rezongar en mi oído que abriera pronto los ojos, que me estaban tomando del pelo ¡Y pensar que por ese motivo dejé de hablarles a los tres! Yo no aceptaba que pusieran en tela de juicio la honorabilidad de mi amada esposa. Fui ciego hasta el final, pues como Alemán también desapareció, imaginé que, ya que siempre era tan atento con nosotros, debía estar ayudándola con la mudanza. Al final, ninguno de los dos volvió  y comprendí, desconsolado, que se fueron juntos.

Pasaron dos años y una mañana ella regresó. Traía cogido de la mano a ‘Alemancito’, cargaba en los brazos a un bebé y su vientre se veía ligeramente abultado. Estaba flaca y ojerosa. Me dio mucho dolor verla en ese estado y me despertó sentimientos encontrados. Por un lado hubiera querido matarla a golpes y por otro comérmela a besos, pero pude controlarme y sólo la miré con furia pero sin dejar de recordar mi pistola. Al instante recordé lo que sufrí por su traición, tantas noches de insomnio, los tres intentos de suicidio, la hospitalización, los meses sin apetito y la eterna vergüenza, pues mis conocidos cuchicheaban a mi paso, mirándome de soslayo, y hasta supe que tenía, a espaldas, un apodo taurino.
Así que con un vozarrón, que yo ignoraba que poseía, la increpé:
— ¿Qué quieres, maldita zorra? —nunca la había tratado así.
Ella, sonriendo tímidamente, contestó con una dulzura que me derritió:
—A ti.
Mis piernas flaquearon, casi corro a abrazarla, pero me mantuve firme:
— ¿Después de lo que hiciste? ¿Dónde dejaste a ese desgraciado que te apartó de mí?
Bajó la vista, avergonzada, y su voz tembló al responderme:
—Luego de acabar con nuestro dinero, me abandonó.
— ¿Y los sillones?
—Se los llevó consigo. Pero no me preguntes más, ¡por favor! Perdóname, lamento lo que sufriste. Estoy pasando necesidades ¡Amor, no me rechaces! ¡Te añoro! ¡Juro no volver a traicionarte y que nunca me volverá a doler la cabeza!
Yo la escuché impávido, me faltó poco para emprenderla a golpes. ¿Esa idiota creía que yo estaba loco? ¿Recibirla y convertirme en el hazmerreír del vecindario, trabajo, amigos y familiares? ¡¡Por ningún motivo!! Así que renuncié al empleo, vendí la casa y nos marchamos a otra ciudad, ¡y ahora somos tan felices!

jueves, 15 de marzo de 2012

Una obra para degustar

Imagen

Antología de relatos breves españoles e hispanoamericanos escritos y publicados por los socios del Club de Letras Entre Amigos.


Sumario:
La Sirena. Por Belén Garrido Cuervo
El Crisol de los deseos. Por Ricardo Durán.
La Elegida. Por Lautaro Volpi
Comiendo diferente. Por Maritza Soler
Amores de sangre. Por Antony Sampayo
Dos, Tres, Uno. Por Eduardo Kruger
Diario de un suicidio. Por José García Montalbán
Katty. Por Blanca Miosi
El libro de la Verdad. Por Alejandro López Fernandez
Indios y vaqueros. Por Milagros García Zamora
Osiris. Por Juan Antonio Marín
Las dos Elenas. Por Mario Archundia
Jonás. Por Mario Archundia
La decisión. Por Fernando Hidalgo




15 Relatos de autor es un libro de excelentes cuentos creado por un grupo de amigos escritores de varios países, entre los que se cuentan España, Argentina, Venezuela, Perú, México y Colombia. Hay autores consagrados, también ganadores de premios literarios y otros pocos que empiezan, pero que en conjunto hemos logrado una obra estupenda, de fácil y agradable lectura. Por un precio módico pasaran un buen rato.

miércoles, 22 de febrero de 2012

Mi primera pastillita

Fue una experiencia desagradable, pues no seguí las instrucciones precisas.
Todo empezó luego que mi novia me abandonara al descubrir que la traicionaba con su mejor amiga, con Susana. Para colmos Susana, sin darme una explicación, dio también por terminado lo nuestro, por lo que después de nadar en excesos quedé de la noche a la mañana sin el pan y sin el queso. Sufrí mucho, pues estaba acostumbrado a estar o con la una o con la otra, de tal manera que no había día en que pasase en blanco en casi un par de  años. 
Ya completaba un mes de abstención y las cosas no estaban saliendo bien con las chicas del entorno, la fama de infiel me había cerrado las puertas y tal situación me estaba volviendo loco; detesto estar solo. Pero en realidad el vaso se rebosó al enterarme de que mis dos ex seguían siendo buenas amigas, y ahora más inseparables que nunca. Eso me irritó y llenó de celos ¿Así que el único culpable fui yo? ¿El único damnificado? Pasé varias noches rumiando de ira, con el orgullo herido, y tramando la forma de vengarme, o mínimo aprovechar el asunto a favor. Hasta que una mañana desperté ilusionado al encontrar una forma apropiada: las invitaría a realizar un trío. No niego que sentía un poco de temor proponérselos, me arriesgaba a ser tachado de enfermo o a que ellas regaran el asunto entre nuestras amistades y ahí si yo quedaba peor, con mala reputación dentro el gremio femenino y con posteriores grandes problemas para conseguir una nueva novia; pero pudo más el diablillo que todos llevamos dentro para decidirme. Así que, basándome en la consabida premisa de que quien no arriesga un huevo no saca un pollo, les mandé un mensaje de texto con la oferta. Les expliqué que lo hiciéramos toda una noche sin ninguna clase de compromiso sentimental, sólo carne, y al día siguiente cada quien para su casa, ni las vi ni me vieron. La primera respuesta fue un rotundo no y hasta fui tildado de pervertido y que si insistía sería denunciado por acoso sexual. 
Pero no me amilané, si algo me han traído consigo las canas es conocer a fondo el comportamiento femenino. A todo dicen de inmediato que no, aún cuando deseen lo contrario, es su naturaleza y una coraza de protección. 
Y no me equivoqué. Al segundo mensaje de texto repitieron el no, pero agregaron un interrogante: que sí en serio, de darse el caso, me consideraba en la capacidad física de complacerlas a la vez, qué si no terminaría dejándolas a medias. Emocionado respondí recordándoles lo rudo que fui con ellas por separado, y que si me daban la oportunidad no se arrepentirían. 


En un tercer mensaje la cosa quedó como en estambay, ni un sí, ni un categórico no, solo un humm… De todas maneras por si accedían, que era lo más probable por cómo estaban pintando las cosas, empecé a prepararme para que no me tomaran desprevenido. Hice averiguaciones, pues consideraba que con cuatro décadas encima debía ponerme pilas extras si deseaba impresionar a un par de ansiosas treintañeras.
Entré en busca de orientación a una tienda especializada en asuntos íntimos y luego de exponer al encargado la inquietud, me vendió un par de pastillas azules. Eso sí, recomendó con voz grave que si mi corazón no estaba a plenitud debía andarme con cuidado o el azul de las pastillas se me pasaría a mí. Con una sola, explicó, yo haría pedir auxilio a una fiera y con las dos provocaría la desbandada de una manada de elefantas; pero, aconsejó sólo tomarme ambas en caso extremo, pues eran tan potentes que podría meterme en problemas. También me vendió un consolador por si las chicas se antojaban de ser atendidas al tiempo. Por la compra de los dos anteriores productos me hice acreedor a un artilugio que dicho encargado aseguró que era lo último en placer femenino: “Las Bolas Chinas”, y que, según, las dejaría bien amarillas, pero que yo debía dosificar su uso pues eran muy adictivas, y si lo extralimitaba probablemente las chicas no quisieran volver a tener en el futuro adentro otra cosa distinta. Agregó que como prueba de su efectividad observara detenidamente a las mujeres asiáticas y notara que poseen las pupilas más dilatadas que los hombres de su región. 
Me hice a estas ayudas por mera precaución, pues igual con lo glotón que soy y con el mes de abstención que acumulaba, podría encerrarme perfectamente en un harén hasta perder la razón.
Coloqué a las chicas el cuarto mensaje de texto reiterando la invitación y respondieron que lo pensarían, pero que de todas formas no albergara ilusiones, pues en un alto porcentaje la contestación continuaría siendo negativa. Sonreí y mi virilidad dio un sorprendente brinco. Ya esto era pan comido, eso de que lo pensarían lo consideraba como una disfrazada respuesta femenina afirmativa muy añeja y recontra conocida por nosotros los hombres.
El sábado anterior, para mi alegría, se cumplió el sueño. Susana llamó en la noche informando que ya cogían un taxi para mi casa a comprobar si en verdad era tan gallo fino como pregonaba. La sola noticia produjo en mí una extrema dureza. Por lo visto no necesitaba ayuda extra, pero aún así, recordando que hombre precavido vale por dos, tomé una pastilla y entré a la ducha. 
Al salir del baño mi fortaleza asustaba, pero no sé por qué carajos se me dio por tomarme la otra pastilla, esa bendita desconfianza en nosotros mismos. A la media hora el timbre sonó y emocionado me envolví en una toalla que al ceñirme quedó como carpa de circo, pues a esas alturas mi virilidad desafiaba las leyes de la naturaleza. Corrí a la puerta, le abrí a las chicas y por todo saludo dejé caer la toalla y lo que quedó a la vista les hizo chispear los ojos; la avidez sólo les permitió  expresar al unísono: “¡Oh Dios, qué potencia, te lo tenías guardado!”; en efecto, mi hombría brillaba y no dejaba de crecer, a ese paso pronto parecería una extremidad más. Las tomé de las manos y me dispuse a conducirlas al cadalso, perdón, a la cama, pero entonces un dolor allí me hizo retorcer. Grité y miré, eso amenazaba con explotar. El corazón empezó a palpitarme demasiado aprisa; palidecí, ¿qué pasaba? Las chicas al notar mi estado entraron en pánico, corrieron de un lado a otro histéricas; yo, a pesar de la preocupación, traté de tranquilizarlas. Susana fue la primera en reaccionar y me echó agua helada que me hizo titiritar, pero no funcionó. Luego mi ex novia trajo agua caliente que solo me arrancó un grito lastimero. Después, en el colmo del desespero, la una le propuso a la otra que me la mordiera con fuerza, y ésta contestó ofendida que por qué no la hacía ella; entonces en aras de mi sanación acordaron hacerlo al tiempo con la condición que ambas cerrarían los ojos para que cada una conservase su orgullo ante la otra, pero esa táctica tampoco dio resultados a pesar de la fuerza y el amor que emplearon, y por el contrario lo agrandó; por lo que les supliqué que mejor me llevaran pronto a un hospital, pero se negaron arguyendo que les avergonzaba cargar conmigo. Les insistí tanto que por fin accedieron. 
Envolvieron mi cintura con una sábana y salimos en busca de un taxi. En el camino todos los que tropezábamos se quedaban mirándome el bulto estupefactos, incrementando la vergüenza en las chicas. Al llegar a la institución me identifiqué con un nombre falso pues presentía que esto no terminaría bien. Y, en efecto, mi presencia causó un revuelo impresionante. Todos, entre empleados, visitantes y enfermos que se encontraban en la entrada, se morían por saber qué cosa tan grande y recia escondía yo debajo de la funda. Los vigilantes luchaban desesperados por apartar al gentío. De las chicas no supe más, por lo visto las muy traidoras se escabulleron. Fui ingresado en una habitación que en cuestiones de segundos se inundó de médicos y enfermeras que no cesaban de examinarme. El dictamen no pudo ser otro: priapismo. La noticia corrió de boca en boca y la agitación en el lugar era creciente. A la hora, la enfermera jefe me informó que unos reporteros deseaban entrevistarme, palidecí, no imaginaba mi foto en primera página con grandes y jocosos titulares. Le rogué que no los dejara entrar y a cambio le regalé mi BlackBerry, lo único material, aparte de la sábana, que traje de casa. Ella cumplió con el trato, eso creí, y durante los tres días que permanecí internado con esa endemoniada parola, ningún periodista molestó, pero luego de llegar a casa, un vecino me mostró un diario amarillista de circulación nacional donde se relataba el suceso, a pesar de figurar con otro nombre, mi foto encabezaba la historia en primera plana donde aparecía durmiendo con el susodicho bien grande y vendado.

Lea también esta historia en El Heraldo, que igual está incluida en mi libro de cuentos con el título de La Gran parada.

lunes, 6 de febrero de 2012

Crónicas entrañas, cuentos y anécdotas increíbles; prólogo


PRÓLOGO

CRÓNICAS “ENTRAÑAS” es un libro de cuentos inusual.  Es probable que sea porque está escrito justamente con las entrañas.  Antony Sampayo Peña, el autor,  ha hecho un recopilatorio de cuentos y anécdotas que muy bien pudieron ocurrirle, o pueda que formen parte del anecdotario popular de su Barranquilla natal.
Lo cierto es que en un estilo muy propio y coloquial,  con la utilización de los  términos regionalistas barranquilleros y un infaltable buen humor, nos narra de forma muy particular situaciones estrambóticas que, tal vez contadas por alguna otra persona pudiera resultar increíbles, pero en el lenguaje de Antony Sampayo, resultan asombrosamente fantásticas e inesperadas.
Las personas que lean estos cuentos y crónicas entrañas, disfrutarán de unas horas de diversión,  y cuando regresen a sus vidas cotidianas encontrarán que algunas de las situaciones contadas en este libro suelen pasar inadvertidas,  no así para el ojo agudo y la mirada inquisitiva de este escritor natural de Barranquilla, una zona tropical y costeña en la que sus gentes tienen un humor muy especial.

Blanca Miosi, escritora peruana residenciada en Venezuela, autora de la exitosa novela El Manuscrito.


Reseña del libro en Macondo Literario


Reseña en El Universo de los libros.


Mery Larrinua:"UNA BUENA LECTURA ES CUANDO NO SE DESEA DEJARLA Y SE ESTA ANSIOSO POR SABER EL FINAL"...y es eso lo que me ha sucedido con el libro de cuentos CRÓNICAS ENTRAÑAS, cuentos y anécdotas increíbles


¿Qué esperas tú para comprarlo? Es fácil, en Amazon.com, sólo toma un par de minutos.

Reseña del libro en Globatium-Colombia


Reseña en el blog Soycazadoradelibros.


Pueden leerle también en El Heraldo.com