martes, 8 de marzo de 2011

Un indeseado y sorpresivo visitante en la familia

                      Miré fijamente a mi tía y al escucharla repetir mis preguntas con un tono aniñado no pude contener el llanto, su mente divagaba años luz de la realidad a la que regresaba temporalmente por segundos, y de aquella férrea mujer que luchó contra la adversidad sin doblegarse ante nadie, solo quedaba un desvalido ser que necesitaba ayuda hasta para alimentarse.
Muchos recuerdos afloraron en mi cabeza: de ella, de mi familia. Aquellos bellos tiempos de las bulliciosas reuniones que se prolongaban hasta el amanecer. No había fecha importante sin que se organizara una fiesta con grandes sancochos donde ninguno del clan se quedaba por fuera. Ya partieron tres tíos y un primo, y tía Aida está desahuciada; y desde hace bastante solo coincidimos en los sepelios y en las visitas a los enfermos. La nostalgia me invade y me impulsa a desahogarme en letras.
La noticia me tomó desprevenido, en pleno carnaval. Era sábado en la noche y regresaba de presenciar uno de los tantos desfiles folclóricos que se celebran en la ciudad para la ocasión; mi euforia etílica se transformó en desazón y apenas comenzando finalizaron las fiestas para todos nosotros.
Se acerca mi segundo examen de próstata y ahora deberé cambiar la respuesta al doctor cuando pregunte si alguno en mi familia ha padecido cáncer pues este acaba de visitarnos por primera vez alojándose en un pulmón y en el cerebro de mi querida tía Aida. En este punto reto a la comunidad científica que alega la basura que este  mal es genético pues mi visión actual es que todos los seres humanos estamos expuestos, sin distingo de razas ni apellidos, y que debemos tomar las precauciones necesarias.
Solo me resta pedirle a Dios que permita un tiempo suficiente de lucidez en mi tía para recordarle que la amamos y que estaremos a su lado hasta el final.