miércoles, 22 de junio de 2011

Lo que el cáncer se llevó

Ya murió mi tía Aida, a la edad de sesenta y cuatro años.
Desde la fecha que el médico nos informó lo de la mortal enfermedad que agazapada la carcomía, hasta el día que partió de este mundo, solo transcurrieron tres meses. Y pensar que en diciembre estaba tan llena de vida, compartiendo las fiestas con todos nosotros. Ni el mayor de los pesimistas hubiera imaginado lo que el destino le deparaba en cuestión de poco tiempo a ella. Por ello debemos vivir a plenitud el presente pues el mañana siempre será una incógnita. 
A principios de enero mi tía empezó a padecer lagunas mentales, a distorsionar la realidad y hasta perdió el apetito. Ella siempre fue una mujer de temple, de carácter fuerte, y por ello la sorpresa de los que la rodeaban no tuvo limites. El primer paso fue llevarla a un siquiatra quien, luego de someterla a un extenso interrogatorio, sacó la conclusión de que padecía demencia senil; sin embargo, posteriores exámenes clínicos demostraron que lo que se robaba su cordura era un tumor en el cerebro. 
Nos queda el consuelo que al menos no alcanzó a comprender su mal, en realidad sufrió poco; y como enseñanza comprender que no sólo debemos ir al médico cuando nos atormente un dolor, que más vale prevenir que lamentar.