Fue una experiencia desagradable, pues no seguí las instrucciones precisas.
En un tercer mensaje la cosa quedó como en estambay, ni un sí, ni un categórico no, solo un humm… De todas maneras por si accedían, que era lo más probable por cómo estaban pintando las cosas, empecé a prepararme para que no me tomaran desprevenido. Hice averiguaciones, pues consideraba que con cuatro décadas encima debía ponerme pilas extras si deseaba impresionar a un par de ansiosas treintañeras.
Todo empezó luego que mi novia me abandonara al descubrir que la traicionaba con su mejor amiga, con Susana. Para colmos Susana, sin darme una explicación, dio también por terminado lo nuestro, por lo que después de nadar en excesos quedé de la noche a la mañana sin el pan y sin el queso. Sufrí mucho, pues estaba acostumbrado a estar o con la una o con la otra, de tal manera que no había día en que pasase en blanco en casi un par de años.
Ya completaba un mes de abstención y las cosas no estaban saliendo bien con las chicas del entorno, la fama de infiel me había cerrado las puertas y tal situación me estaba volviendo loco; detesto estar solo. Pero en realidad el vaso se rebosó al enterarme de que mis dos ex seguían siendo buenas amigas, y ahora más inseparables que nunca. Eso me irritó y llenó de celos ¿Así que el único culpable fui yo? ¿El único damnificado? Pasé varias noches rumiando de ira, con el orgullo herido, y tramando la forma de vengarme, o mínimo aprovechar el asunto a favor. Hasta que una mañana desperté ilusionado al encontrar una forma apropiada: las invitaría a realizar un trío. No niego que sentía un poco de temor proponérselos, me arriesgaba a ser tachado de enfermo o a que ellas regaran el asunto entre nuestras amistades y ahí si yo quedaba peor, con mala reputación dentro el gremio femenino y con posteriores grandes problemas para conseguir una nueva novia; pero pudo más el diablillo que todos llevamos dentro para decidirme. Así que, basándome en la consabida premisa de que quien no arriesga un huevo no saca un pollo, les mandé un mensaje de texto con la oferta. Les expliqué que lo hiciéramos toda una noche sin ninguna clase de compromiso sentimental, sólo carne, y al día siguiente cada quien para su casa, ni las vi ni me vieron. La primera respuesta fue un rotundo no y hasta fui tildado de pervertido y que si insistía sería denunciado por acoso sexual.
Pero no me amilané, si algo me han traído consigo las canas es conocer a fondo el comportamiento femenino. A todo dicen de inmediato que no, aún cuando deseen lo contrario, es su naturaleza y una coraza de protección.
Y no me equivoqué. Al segundo mensaje de texto repitieron el no, pero agregaron un interrogante: que sí en serio, de darse el caso, me consideraba en la capacidad física de complacerlas a la vez, qué si no terminaría dejándolas a medias. Emocionado respondí recordándoles lo rudo que fui con ellas por separado, y que si me daban la oportunidad no se arrepentirían.
Ya completaba un mes de abstención y las cosas no estaban saliendo bien con las chicas del entorno, la fama de infiel me había cerrado las puertas y tal situación me estaba volviendo loco; detesto estar solo. Pero en realidad el vaso se rebosó al enterarme de que mis dos ex seguían siendo buenas amigas, y ahora más inseparables que nunca. Eso me irritó y llenó de celos ¿Así que el único culpable fui yo? ¿El único damnificado? Pasé varias noches rumiando de ira, con el orgullo herido, y tramando la forma de vengarme, o mínimo aprovechar el asunto a favor. Hasta que una mañana desperté ilusionado al encontrar una forma apropiada: las invitaría a realizar un trío. No niego que sentía un poco de temor proponérselos, me arriesgaba a ser tachado de enfermo o a que ellas regaran el asunto entre nuestras amistades y ahí si yo quedaba peor, con mala reputación dentro el gremio femenino y con posteriores grandes problemas para conseguir una nueva novia; pero pudo más el diablillo que todos llevamos dentro para decidirme. Así que, basándome en la consabida premisa de que quien no arriesga un huevo no saca un pollo, les mandé un mensaje de texto con la oferta. Les expliqué que lo hiciéramos toda una noche sin ninguna clase de compromiso sentimental, sólo carne, y al día siguiente cada quien para su casa, ni las vi ni me vieron. La primera respuesta fue un rotundo no y hasta fui tildado de pervertido y que si insistía sería denunciado por acoso sexual.
Pero no me amilané, si algo me han traído consigo las canas es conocer a fondo el comportamiento femenino. A todo dicen de inmediato que no, aún cuando deseen lo contrario, es su naturaleza y una coraza de protección.
Y no me equivoqué. Al segundo mensaje de texto repitieron el no, pero agregaron un interrogante: que sí en serio, de darse el caso, me consideraba en la capacidad física de complacerlas a la vez, qué si no terminaría dejándolas a medias. Emocionado respondí recordándoles lo rudo que fui con ellas por separado, y que si me daban la oportunidad no se arrepentirían.
En un tercer mensaje la cosa quedó como en estambay, ni un sí, ni un categórico no, solo un humm… De todas maneras por si accedían, que era lo más probable por cómo estaban pintando las cosas, empecé a prepararme para que no me tomaran desprevenido. Hice averiguaciones, pues consideraba que con cuatro décadas encima debía ponerme pilas extras si deseaba impresionar a un par de ansiosas treintañeras.
Entré en busca de orientación a una tienda especializada en asuntos íntimos y luego de exponer al encargado la inquietud, me vendió un par de pastillas azules. Eso sí, recomendó con voz grave que si mi corazón no estaba a plenitud debía andarme con cuidado o el azul de las pastillas se me pasaría a mí. Con una sola, explicó, yo haría pedir auxilio a una fiera y con las dos provocaría la desbandada de una manada de elefantas; pero, aconsejó sólo tomarme ambas en caso extremo, pues eran tan potentes que podría meterme en problemas. También me vendió un consolador por si las chicas se antojaban de ser atendidas al tiempo. Por la compra de los dos anteriores productos me hice acreedor a un artilugio que dicho encargado aseguró que era lo último en placer femenino: “Las Bolas Chinas”, y que, según, las dejaría bien amarillas, pero que yo debía dosificar su uso pues eran muy adictivas, y si lo extralimitaba probablemente las chicas no quisieran volver a tener en el futuro adentro otra cosa distinta. Agregó que como prueba de su efectividad observara detenidamente a las mujeres asiáticas y notara que poseen las pupilas más dilatadas que los hombres de su región.
Me hice a estas ayudas por mera precaución, pues igual con lo glotón que soy y con el mes de abstención que acumulaba, podría encerrarme perfectamente en un harén hasta perder la razón.
Coloqué a las chicas el cuarto mensaje de texto reiterando la invitación y respondieron que lo pensarían, pero que de todas formas no albergara ilusiones, pues en un alto porcentaje la contestación continuaría siendo negativa. Sonreí y mi virilidad dio un sorprendente brinco. Ya esto era pan comido, eso de que lo pensarían lo consideraba como una disfrazada respuesta femenina afirmativa muy añeja y recontra conocida por nosotros los hombres.
El sábado anterior, para mi alegría, se cumplió el sueño. Susana llamó en la noche informando que ya cogían un taxi para mi casa a comprobar si en verdad era tan gallo fino como pregonaba. La sola noticia produjo en mí una extrema dureza. Por lo visto no necesitaba ayuda extra, pero aún así, recordando que hombre precavido vale por dos, tomé una pastilla y entré a la ducha.
Al salir del baño mi fortaleza asustaba, pero no sé por qué carajos se me dio por tomarme la otra pastilla, esa bendita desconfianza en nosotros mismos. A la media hora el timbre sonó y emocionado me envolví en una toalla que al ceñirme quedó como carpa de circo, pues a esas alturas mi virilidad desafiaba las leyes de la naturaleza. Corrí a la puerta, le abrí a las chicas y por todo saludo dejé caer la toalla y lo que quedó a la vista les hizo chispear los ojos; la avidez sólo les permitió expresar al unísono: “¡Oh Dios, qué potencia, te lo tenías guardado!”; en efecto, mi hombría brillaba y no dejaba de crecer, a ese paso pronto parecería una extremidad más. Las tomé de las manos y me dispuse a conducirlas al cadalso, perdón, a la cama, pero entonces un dolor allí me hizo retorcer. Grité y miré, eso amenazaba con explotar. El corazón empezó a palpitarme demasiado aprisa; palidecí, ¿qué pasaba? Las chicas al notar mi estado entraron en pánico, corrieron de un lado a otro histéricas; yo, a pesar de la preocupación, traté de tranquilizarlas. Susana fue la primera en reaccionar y me echó agua helada que me hizo titiritar, pero no funcionó. Luego mi ex novia trajo agua caliente que solo me arrancó un grito lastimero. Después, en el colmo del desespero, la una le propuso a la otra que me la mordiera con fuerza, y ésta contestó ofendida que por qué no la hacía ella; entonces en aras de mi sanación acordaron hacerlo al tiempo con la condición que ambas cerrarían los ojos para que cada una conservase su orgullo ante la otra, pero esa táctica tampoco dio resultados a pesar de la fuerza y el amor que emplearon, y por el contrario lo agrandó; por lo que les supliqué que mejor me llevaran pronto a un hospital, pero se negaron arguyendo que les avergonzaba cargar conmigo. Les insistí tanto que por fin accedieron.
Envolvieron mi cintura con una sábana y salimos en busca de un taxi. En el camino todos los que tropezábamos se quedaban mirándome el bulto estupefactos, incrementando la vergüenza en las chicas. Al llegar a la institución me identifiqué con un nombre falso pues presentía que esto no terminaría bien. Y, en efecto, mi presencia causó un revuelo impresionante. Todos, entre empleados, visitantes y enfermos que se encontraban en la entrada, se morían por saber qué cosa tan grande y recia escondía yo debajo de la funda. Los vigilantes luchaban desesperados por apartar al gentío. De las chicas no supe más, por lo visto las muy traidoras se escabulleron. Fui ingresado en una habitación que en cuestiones de segundos se inundó de médicos y enfermeras que no cesaban de examinarme. El dictamen no pudo ser otro: priapismo. La noticia corrió de boca en boca y la agitación en el lugar era creciente. A la hora, la enfermera jefe me informó que unos reporteros deseaban entrevistarme, palidecí, no imaginaba mi foto en primera página con grandes y jocosos titulares. Le rogué que no los dejara entrar y a cambio le regalé mi BlackBerry, lo único material, aparte de la sábana, que traje de casa. Ella cumplió con el trato, eso creí, y durante los tres días que permanecí internado con esa endemoniada parola, ningún periodista molestó, pero luego de llegar a casa, un vecino me mostró un diario amarillista de circulación nacional donde se relataba el suceso, a pesar de figurar con otro nombre, mi foto encabezaba la historia en primera plana donde aparecía durmiendo con el susodicho bien grande y vendado.
Envolvieron mi cintura con una sábana y salimos en busca de un taxi. En el camino todos los que tropezábamos se quedaban mirándome el bulto estupefactos, incrementando la vergüenza en las chicas. Al llegar a la institución me identifiqué con un nombre falso pues presentía que esto no terminaría bien. Y, en efecto, mi presencia causó un revuelo impresionante. Todos, entre empleados, visitantes y enfermos que se encontraban en la entrada, se morían por saber qué cosa tan grande y recia escondía yo debajo de la funda. Los vigilantes luchaban desesperados por apartar al gentío. De las chicas no supe más, por lo visto las muy traidoras se escabulleron. Fui ingresado en una habitación que en cuestiones de segundos se inundó de médicos y enfermeras que no cesaban de examinarme. El dictamen no pudo ser otro: priapismo. La noticia corrió de boca en boca y la agitación en el lugar era creciente. A la hora, la enfermera jefe me informó que unos reporteros deseaban entrevistarme, palidecí, no imaginaba mi foto en primera página con grandes y jocosos titulares. Le rogué que no los dejara entrar y a cambio le regalé mi BlackBerry, lo único material, aparte de la sábana, que traje de casa. Ella cumplió con el trato, eso creí, y durante los tres días que permanecí internado con esa endemoniada parola, ningún periodista molestó, pero luego de llegar a casa, un vecino me mostró un diario amarillista de circulación nacional donde se relataba el suceso, a pesar de figurar con otro nombre, mi foto encabezaba la historia en primera plana donde aparecía durmiendo con el susodicho bien grande y vendado.
Lea también esta historia en El Heraldo, que igual está incluida en mi libro de cuentos con el título de La Gran parada.
Excelnte entrada viejo Anthony, muy entretenida. Saludos
ResponderSuprimirGracias, tocayo.
ResponderSuprimirHola Antony!!!! Eso pasa por tomar lo que no se debe... jajajajajaja!!! Buen relato amigo, primero sonreí y luego reí. Besos cariñosos desde España.
ResponderSuprimirBesos cariñosos desde Colombia, Liova.
SuprimirHola Antony, veo que no escarmientas, siempre haciendo cosas… malas.
ResponderSuprimirLas pastillas son para quien las necesite, yo creo que tu eres joven para esos menesteres, deja que pase el tiempo para tomar esas cosas. Una entrada muy entretenida, como todas las tuyas. Un abrazo.
Un abrazo, Lola.
SuprimirAmigo, CUIDADO CON LAS COSAS ESAS AZULES.
ResponderSuprimirPor cierto, ya pensaba yo que tu ex y su amiguita se lo iban a montar entre ellas...¡cachis la mar salada!
Un saludo
Un saludo, estimado Valaf.
ResponderSuprimir¿este lo habiamos leido antes, no?
ResponderSuprimirAjá, es uno del libro, Reptil.
ResponderSuprimirKKKKKK.....ja ja ja ja terminou como no início Antony.... ja ja ja..... sem pão e sem queijo.... e que história engraçada amigo... Ainda bem que não explodiu.... kkkkkkk. Nunca mais precisará de ausílios dessa natureza hein???
ResponderSuprimirBeijos!!
Lo prometo, Carla. Gracias por la visita.
ResponderSuprimirBesiños.
Hola Antony:
ResponderSuprimirJjajajaj muy bueno amigo, lo que no te pasa a ti chato, no le pasa a nadie. Hay que seguir bien las instrucciones.
Dulces Bsos y Buen Fin de Semana.
<3 Yesi <3
Buen fin de semana también para ti, Yesi.
ResponderSuprimirSi es que no son las azules Antony, son las rojas. Ainsss..
ResponderSuprimirUn abrazo
Je je je, ¿osea que las rojas son menos fuertes, Jecobe?
ResponderSuprimirAbrazos.
Aún me estoy riendo. Fenomenal relato.
ResponderSuprimirCuidado con los colores, los azules, por lo visto, no son muy aconsejables a pares.
Un abrazo
Son muy fuertes, Jesús, je je je.
ResponderSuprimirAbrazos.